Un país que carece de diplomacia comercial
De ahí la oscilación desopilante de su diplomacia en las últimas décadas: de alinearse acríticamente a Estados Unidos en los ‘90, ahora cultiva “relaciones carnales” con el régimen chavista.
Quiso primero sumarse a la globalización económica, con la ingenuidad de quien cree que le va a ir bien adulando al poder hegemónico de turno, y ahora practica la receta contraria: se asocia con regímenes latinoamericanos, de peso marginal, que vocean revoluciones setentistas.
Son los giros típicos de un país sin brújula, que no sabe lo que quiere, y nunca se ha preguntado cuál es su misión en el mundo. Se diría que su política internacional está dictada por la esquizofrenia ideológica de sus elencos gobernantes.
O mejor dicho, por las necesidades doméstica, donde desde hace décadas la clase política, desconectada de los intereses reales de la Argentina, está en la pelea chica por cuotas de poder y entregada a disputas ideológicas trasnochadas.
No se necesita ser un analista consumado para darse cuenta que la Argentina, por este desvarío histórico, ha perdido peso internacional, nadie le cree y hoy ocupa una posición menor en el concierto de las naciones.
El país, en suma, adolece desde hace décadas de una estrategia económica nacional y una concepción diplomática que le sirva como proyección de los intereses argentinos ante el resto del mundo.
O en otras palabras, le falta la gran política, la única necesaria que la eleve a la categoría de nación con aspiraciones de protagonismo en el concierto mundial.
La contracara de Argentina es Brasil. El país norteño tiene autoconciencia de sí, sabe lo que quiere, sobre todo su clase política y empresaria, y expresión de ello es su aguerrida diplomacia comercial.
Brasil tiene aspiraciones de gran potencia y de poder hegemónico regional. Lleva un recorrido estratégico de ejecución exitosa e ininterrumpida. Lo cual contrasta con la debilidad estratégica y geopolítica de la Argentina.
Brasil organiza su política y su economía según sus intereses exclusivos, lejos de las búsquedas de réditos vulgares. Su empresariado tiene confianza en sí mismo porque se sabe parte de una estrategia global en sintonía con la élite gobernante.
Al respecto, ¿qué decir de la burguesía industrial argentina? Contagiada por el desvarío de la clase dirigente local, nunca ha comprendido la necesidad de competir en el mercado mundial. Durante décadas, su único interés fue cuidar el mercado interno.
Su función ha sido, por tanto, conseguir sobreprotección arancelaria estatal, la cual le permite tener grandes ganancias sin esfuerzo. El resultado: no sabe exportar ni competir internacionalmente.
Curiosamente, ha sido el empresariado del campo –hoy estigmatizado por el gobierno- quien se ha mostrado dinámico y ha sabido adaptarse a los cambios globales, al punto que los productores agropecuarios argentinos son los más eficientes en lo suyo a nivel internacional.
El gobierno argentino, acuciado por la crisis mundial, y ante el agotamiento de la estrategia de “vivir con lo propio”, acaba de convocar a todo su cuerpo diplomático, para dinamizar negocios globales.
La idea es transformar a las embajadas en oficinas comerciales. Parece una decisión tardía, a la vista de todo el tiempo que se ha perdido. No obstante lo cual, merece saludarse pensando en el interés del país.
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