Un país con una larga tradición migratoria
La apertura generosa hacia al extranjero está inscrita en la Constitución, en cuyo preámbulo se habla de "asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino".Argentina ha sido históricamente un país de recepción de inmigrantes, fundamentalmente de origen europeo -hasta la década de 1930 -y latinoamericano- desde fines del siglo XIX-.Las migraciones internacionales constituyen así uno de los procesos más importantes de la historia argentina. La cuestión se ha reflotado ha propósito del estallido de Villa Soldati.El protagonismo de bolivianos, peruanos y paraguayos en los episodios de tomas, no sólo ha hecho reflexionar sobre el impacto de la inmigración limítrofe, sino que ha despertado cierta xenofobia en algunos sectores.Lo sucedido recuerda, por lo pronto, que la gente huye de sus países de origen en busca de un destino mejor. Y éste ha sido el gran estímulo para la migración hacia Buenos Aires desde el interior y desde el entorno latinoamericano.Provincianos y extranjeros pobres buscan vivir lo más cerca posible de la demanda de trabajo y de mejores servicios básicos (viviendas, escuelas, hospitales, etc.). Y eso se lo brindan los grandes centros urbanos.Los europeos que bajaron de los barcos entre 1870 y 1930 tenían iguales carencias. La mayoría eran analfabetos y de origen campesino, que la pasaban muy mal en sus países de origen.A las penurias que sufrían muchos de ellos en las bodegas de los barcos, en la larga travesía de los puertos de Europa a Buenos Aires, se sumaba el hecho de que acá las condiciones de recibimiento no eran las mejores.Pronto se originó en el Plata un grave problema habitacional, dado que la población crecía más rápido que la vivienda. El "conventillo" fue la solución que se encontró en la ciudad para paliar este déficit.No debe perderse de vista esta analogía: los inmigrantes de hoy como los de ayer buscan obtener un ingreso y unas condiciones de vida mejores que en el territorio de origen.Porque sean unos latinoamericanos y otros europeos el país no debe hacer distingos. Debe ser fiel a la filosofía generosa inscrita en su Constitución, contribuyendo a la mejor integración de los inmigrantes que con su trabajo en su mayoría lo hacen crecer.En este sentido hay que evitar las actitudes xenófobas. Las mismas que hubo -vale recordarlo- con aquellos europeos que habitaron los conventillos, y fueron nuestros abuelos.Todo lo cual nos recuerda que siempre existieron los instintos de desconfianza y agresividad hacia el "otro". Este fenómeno de rechazo es antiquísimo. En la ciudad antigua (de griegos y romanos) llamaban "bárbaros" a los extranjeros. Era un término peyorativo que implicaba inferioridad.Los sociólogos especulan sobre el rechazo vernáculo hacia los extranjeros latinoamericanos. Para algunos, allí hay un componente racista, toda vez que peruanos, paraguayos y bolivianos tienen en su mayoría sangre amerindia.El analista Rosendo Fraga sostiene que el sentimiento xenófobo "es más fuerte en los sectores populares, que conviven con ellos y perciben su supuesta competencia, y es más débil en los sectores medios y altos".Fraga traza un paralelismo entre este sentimiento hacia los inmigrantes y el que existe hacia la inseguridad. "Los sectores más populares -los que más sufren la inseguridad por vivir en zonas donde, por lo general, no llega la policía pública- son los que más apoyan las políticas de mano dura e incluso la pena de muerte", sostiene.
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