Opinion |

Un rito muy antiguo. Tanto como la Iglesia

Cuando decimos que algo es muy antiguo podemos enseguida pensar en una pieza de museo. Sin embargo hay cosas que nunca envejecen y son siempre nuevas. Por ejemplo la amistad, el amor, la búsqueda de la Felicidad... Son experiencias y anhelos humanos presentes en el corazón de cada persona.

Monseñor Jorge Eduardo Lozano*

También afirmamos que “el Amor del Señor permanece para siempre” (Salmo 103), con la certeza de sabernos queridos entrañablemente por el Padre celestial. Dios nos ama mucho y nos envía a su Hijo Jesús. Él da la vida por amor a nosotros, para que en Él tengamos vida. Repetimos lo que hace poco escribió el Papa para los jóvenes: “¡Cristo vive! ¡Y te quiere vivo!”.

Desde tiempos de los Apóstoles de modo ininterrumpido, por medio de la imposición de las manos, los obispos seguimos siendo amados y enviados por Jesús con la misión (junto con los Diáconos y Sacerdotes) de santificar, enseñar la Palabra de Vida, y guiar en la caridad al Pueblo Santo de Dios.

Jesús llama a algunos hombres que le aman, y los envía en su nombre, con la fuerza de su Espíritu. “Como el Padre me envió a mí, yo los envío a ustedes. Reciban el Espíritu Santo…” (Jn 20, 21).

Fray Carlos María entregó su vida a Jesús por amor, y el Señor que tanto nos quiere nos lo regala como obispo auxiliar para la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo. Es un don de Dios. Recibámoslo como un regalo suyo, y digamos: ¡Gracias, Señor!

Hay algo que es muy importante tener en cuenta, según la experiencia de San Pedro en su encuentro con Jesús Resucitado (Jn 21, 15): No se puede ser enviado sin confesión de amor.

Los obispos, sucesores de los Apóstoles, somos enamorados de Jesús. Es más, estamos perdidamente enamorados de Él. Lo decimos con pudor y un poco de vergüenza porque no nos sale bien. Como expresa San Pablo, “llevamos este tesoro en vasijas de barro” (II Cor 4,7).

Contemplemos ese diálogo profundo entre el Resucitado y el discípulo. “¿Pedro, me amas?” Implica desandar el camino del miedo y el abandono de la noche en la cual Jesús fue llevado preso. “Pedro, apacienta mis ovejas”, comunica confianza renovada de Jesús en su amigo.

De nuevo la vocación junto al lago, como al principio: “Sígueme”.

Como describen los Apóstoles, la vocación y servicio del obispo consiste en “dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hc 6,4).

Oración de contemplación del amor de Dios y de intercesión por el Pueblo. La gente nos pide que recemos mucho por ellos: situaciones de enfermedad, pérdida de trabajo, pobreza, peleas familiares... Parte de nuestra ocupación consiste en llevar a Dios los rostros e historias de quienes se confían a nuestra pobre oración.

Y también predicar con la vida y las palabras, para llevar a los hermanos el Rostro de Dios, a fin de que se produzca el maravilloso encuentro del cual muchas veces somos testigos. Como decía el Beato Mártir Enrique Angelelli, “un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio”

El modelo a seguir es elevado: Jesús Buen Pastor que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas. Que escucha y es escuchado. Llamados a amar a todos y escuchar a todos.

Implica fortalecer la Comunión para sostener con fuerza la Misión, en este camino de Asamblea Arquidiocesana que estamos transitando con ánimo sinodal. Porque “somos un Pueblo que camina, anuncia y sirve”.

Damos gracias a Dios por el SÍ de Fray Carlos María Domínguez. Él pertenece a la Orden de los Agustinos Recoletos. Respondamos a la generosidad en la entrega con nuestra oración por las vocaciones consagradas.

Ayer, sábado 29 de junio se celebró la Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, oportunidad en la cual se conmemora el día del Papa. Recemos por Francisco y toda la Iglesia a la cual Jesús le encomienda apacentar.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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