Opinion |

Un sello doloroso: los gobiernos pasan pero los pobres quedan

El dato es impactante. Más de 3 de cada 10 argentinos es pobre. Ningún gobierno que se precie de tal debería tener chances de ganar una elección con semejante panorama. Pero vivimos en Argentina donde todo es posible y un año es lo más parecido a la eternidad.     Jorge Barroetaveña       Después de tres años en el poder hay una certeza: Macri llegará la final de su mandato, como debe ser, y será la sociedad la que defina su destino. Es algo, entre tanta angustia y desazón. Si bien el ejemplo de De la Rúa siempre está al alcance de la mano, la situación no es lineal ni comparable desde el punto de vista político. A Macri no se le rompió la coalición que lo llevó al poder, no se le fue el Vicepresidente denunciando un gobierno corrupto, ni los bancos se quedaron con la plata de la gente. ¿Será poco? ¿Será mucho? Difícil saberlo, pero es. En esta conjunción propia, se dio la ajena. El peronismo quedó debilitado como nunca después de perder a nivel nacional su tercera elección consecutiva y aún no ha sido capaz de alumbrar un liderazgo que suplante a la ‘jefa’, Cristina Kirchner. Pese a no ser mayoría en ninguna de las dos cámaras,  Cambiemos se las arregló para pilotear el Parlamento y bailar música parecida con los gobernadores peronistas. Y fue. Y va. La economía tuvo más idas que vueltas. Y las vueltas no han sido buenas. A tres años, seguir echándole la culpa a la herencia dejó de ser un argumento válido. El tiempo debería haber alcanzado para mostrar o indicar el camino y empezar a desandarlo. La debacle llegó, paradojalmente, en el mejor momento político. El dato de la UCA es lacerante: la última devaluación llevó otra vez a la pobreza a dos millones de personas. La inflación, si bien en baja en noviembre, trepará al 48% en los últimos 12 meses. La pregunta surge sola al cabo: ¿qué posibilidades reales tiene un gobierno de seguir en el poder con semejante cuadro económico? Macri y Cambiemos creen que sí y, a juzgar por la historia reciente pueden enarbolar algunos argumentos. ¿Cuáles? Creen que la economía no va mostrar su peor cara el año que viene. Si la inflación baja, como afirman, y queda por debajo del 30%, podría recuperarse algo del poder adquisitivo que se perdió el último año. Para eso el dólar debería seguir bajo control, aunque su correlato pueda ser otro atraso cambiario y el condicionamiento de la actividad económica que se desplomó con tasas del 70%, insostenibles para cualquier actividad. Saben que, con semejante economía, es muy difícil ganar una elección. Por eso, van preparando los ejes de su campaña que no pasará por los números precisamente. La seguridad, la lucha contra las mafias, las cuestiones de género y algún que otro pedido de disculpas por haber quedado lejos de la mayoría de las promesas que se hicieron en el 2015. Fue Macri el que se cansó de repetir lo de pobreza cero y que su gestión debía ser medida al final de su mandato en esos términos. Justamente, si pudo o no reducir la pobreza. Con los datos de la UCA y los que el mismo INDEC oficializa todavía está lejos. Pedirá una ‘prórroga’ pues. Claro que la estrategia oficial sigue teniendo un convidado de piedra que, de vez en cuando, da señales de vida. El peronismo, un magma incandescente que no se sabe por dónde fluirá, sigue zigzagueante. Los gobernadores, la mayoría, dieron el primer paso con el adelantamiento de las elecciones. Buscarán, como se preveía, salvar su propia ropa antes de las generales, alambrando su territorio a candidaturas ‘piantavotos’, no importa de donde vengan, sea del oficialismo o de la misma oposición. Por eso, el escenario aún está abierto. No será lo mismo un mandatario victorioso para la general que derrotado en la provincial, con el camino enfilando hacia la puerta de salida. Tampoco será igual con Cristina en el escenario que fuera de él. La hipótesis de su ausencia deja al oficialismo pedaleando en el aire, descoloca su discurso por antítesis y lo pone en un brete. Crece también, entre los propios kirchneristas, la necesidad de encarar un plan B, ante la eventualidad que la jefa no quiera, no pueda o no la dejen ser candidata. No quieren repetir la experiencia de Brasil donde la mezquindad de “Lula” para bajarse a tiempo dejó sin aire a Haddad, dejándole servida la victoria a Bolsonaro. Claro que la Argentina no es Brasil. Ni Cristina es Lula ni Macri es Bolsonaro. Hacia el interior del peronismo, no todos tiran el carro para el mismo lado. Massa quiere ser, Urtubey también, aunque saben que separados podrían quedarse sin el pan y sin la torta. Lo que hasta el año pasado era poco probable, ha cambiado de color. El peronismo viene oliendo desde hace meses el rojo sangre. Pero fue responsable y no agitó viejos fantasmas. Ojalá haya aprendido de la historia reciente. El premio podría estar a la vuelta de la esquina. Aunque todavía falta para eso. Y no depende sólo de él.  

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