Un tiempo donde todo se futboliza
Se diría que el sentido de la vida, para una buena parte de la sociedad global, pasa hoy por el fútbol, a tenor de lo que se vive en Rusia, donde se lleva a cabo el campeonato mundial de ese deporte.En Argentina, país futbolero por tradición, la suerte del seleccionado nacional -que ha logrado a duras penas pasar a octavos de final- se sigue con una ilusión colectiva que logra hegemonizar todas las expectativas ciudadanas.Para los críticos del fenómeno se está en presencia de un potente narcótico de masas que adormece o idiotiza las consciencia al punto de distorsionar cognoscitivamente cuanto ocurre en un país poblado de problemas."Fútbol todos los días de la semana, hasta en la sopa, saliendo por las orejas, corriendo por las canaletas, anegando las calles. Casi no hay emisoras de radio o canales televisivos en la Argentina que no estén todo el santo día, a toda hora, con los comentarios de fútbol", se quejaba el editorialista de un diario nacional.La resonancia mundial de los eventos como los Mundiales de Fútbol, revela por lo pronto la importancia que ha adquirido el deporte. Las proezas de los protagonistas de estas competiciones son reconocidas, al punto que muchos de ellos son idolatrados por el gran público.Aunque este interés global es mirado con lógica desconfianza por aquellos observadores que ven que la exaltación del deporte se hace muchas veces a expensas de otras realidades culturales, como la literatura, el arte o la ciencia.El escritor Mario Vargas Llosa, por caso, coloca al deporte dentro de la civilización del espectáculo. Es decir en un mundo donde el primer lugar en la tabla de los valores vigentes lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal.Lo cierto es que vivimos, efectivamente, un contexto cultural donde el fútbol, especialmente, ha colonizado la existencia de millones de personas. La situación se exacerba con la realización de un Mundial, un fenómeno de masas más global que nunca.De esta manera, millones de espectadores de todo el planeta contemplan con verdadero éxtasis, durante 31 días y a lo largo de 64 encuentros, qué selección se proclama campeona del mundo.El sociólogo inglés Eric Dunning, autor junto a Norbert Elías del libro "Deporte y ocio en el proceso de la civilización", no duda en afirmar que el fútbol se ha convertido en "una de las principales fuentes de sentido de la vida de numerosas personas".El antropólogo francés Christian Bromberger, en tanto, explica que este deporte ha llegado a extender su horizonte de un modo desorbitado, al punto que estaríamos asistiendo a un fenómeno novedoso caracterizado por una generalizada "futbolización de la sociedad".Algunos análisis consideran al fútbol como un fenómeno social esencialmente religioso. La religiosidad puede definirse como un conjunto de prácticas simbólico-rituales que el ser humano establece en relación con el orden de lo sagrado.Lo que ocurre en los estadios de fútbol, devenidos en grandes templos de la sociedad posmoderna, recuerda la devoción de los creyentes en torno a los ídolos del balón pie, en medio de rituales deportivos.Lo sagrado, vértice de sentido de la vida social, ha emigrado en este caso, como resultado de la secularización, a dominios ahora laicos, ensamblándose con nuevas expresiones profanas.De ahí que Dunning concluya: "No es absurdo en modo alguno decir que el deporte está convirtiéndose cada vez más en la religión seglar de esta época cada vez más profana".
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