Una celebración cuyas claves hay que saber leer
¿Qué significa que millones de argentinos se hayan volcado a festejar el bicentenario? ¿Apenas una reacción emotiva pasajera o el signo de un estado de conciencia colectiva superior?No pocos analistas se animan a decir con seguridad que, al asistir en masa a los actos programados, el hombre de la calle acaba de dar un mensaje de unidad a la clase política.Que abajo de los fastos oficiales, armados a sabiendas para hacer una recordación sesgada e ideologizada, la sociedad latía en fervor patriótico, dando un testimonio sincero y pacífico de unidad nacional.Según esta lectura, nunca se vio como en este 25 de mayo un contraste tan tajante entre el llano y la cima, entre el pueblo protagonista y sus líderes devaluados por rencillas inveteradas.Alguien, exultante por la presencia de tanta gente en las calles, llegó a hablar de que un "río social subterráneo" parece correr con fuerza bajo el suelo de la Argentina oficial.A decir verdad, resulta difícil aventurar una opinión tan contundente sobre la fiesta del Bicentenario. En principio porque la opinión pública -la que se manifestó en los actos- suele ser voluble.Alguien más incrédulo podrá objetar diciendo que en realidad se puede estar en presencia de un ataque colectivo de patriotismo fugaz, por otra parte condicionado por instrumentos de publicidad de masas.No es la primera vez que los argentinos hacen demostraciones de este tipo, que insinúan marcar un punto de inflexión en la historia. Ocurrió con la guerra de Malvinas y la reapertura de la democracia, por ejemplo.Por otra parte, están quienes piensan que la nuestra es una sociedad ciclotímica, en el sentido de que pasa por todos los estados de ánimo en poco tiempo, por períodos de energía y vitalidad que contrastan con otros de apatía y letargo. Por otra parte, sería injusto cargar toda la responsabilidad de nuestros males a los dirigentes y dejar perfectamente a salvo al ciudadano común, como si éste nada tuviese que ver con la ventura del país.La épica de la confrontación no es patrimonio de alguna élite desvariada, más allá de la responsabilidad que a ésta le cabe, por la posición que ocupa en la sociedad.La confrontación reina en nuestras calles, en nuestros colegios, en nuestros trabajos. El escrache (físico o mediático) o el corte de alguna calle o vía de comunicación, revela toda una cultura de no respeto hacia el derecho del otro.En la vida de todos los días maltratamos a los que no piensan como nosotros. La manera en que nos conducimos en el tránsito nos pinta tal y como somos. Allí también los otros vehículos o los peatones aparecen como soldados de un ejército enemigo.Nos cuesta entender que la política -al igual que su economía- es el resultado de la cultura de un país. Nuestros dirigentes no salen de un repollo, sino del seno de esta sociedad (además de que los votamos).El desencuentro es una tendencia que está en el corazón de los argentinos, antes que en sus élites. Sin dudas que éstas pueden contribuir grandemente a mejorar la convivencia social, dejando de mirar maniqueamente la historia y el presente.Pero no nos engañemos: la tolerancia hacia el que piensa distinto, el patriotismo, el apego a la ley, el amor a la paz, la virtud de ganarse el pan con el sudor de la frente, la solidaridad hacia el más débil, el sentido del esfuerzo, el aprecio al conocimiento, la responsabilidad hacia la cosa pública, son valores que se exigen a todo ciudadano.Es bueno que se celebre con fervor una fiesta patria. Pero eso no garantiza per se un cambio de conciencia colectiva superior.
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