Una celebración que puede ser una farsa
¿Qué sentido tiene rememorar los 200 años de la Revolución de Mayo si el ruin espíritu de confrontación nos tiene a nosotros, los argentinos, visceralmente enemistados?No hace mucho el escritor y periodista Esteban Peicovich alertaba que "este Bicentenario (como los bebés) viene de nalgas". En su opinión, a menos que "dejemos de patearnos la cara", sería inmoral celebrarlo.Esta celebración quedará desvirtuada y trivializada, no será un festejo sino un fracaso, si no ayuda a recapacitar que sin unión nacional la Argentina seguirá a los tumbos.Hay dos opciones: o hacemos de estos 200 años de la patria una cuestión retórica forzada, una puesta en escena vacía y sin sustancia, o convertimos el evento en una ocasión para la reconciliación vital.Si elegimos el primer camino, haciendo gala de nuestra capacidad para el simulacro, para la farsa institucionalizada, habremos desperdiciado una oportunidad para producir un viraje en nuestra historia.La fecha invita a la reflexión profunda. No sabremos hacia dónde vamos si no sabemos de dónde venimos, si no sabemos por qué se hizo Mayo y para qué se hizo.Bien mirado, el Bicentenario debería recordarnos a los argentinos la virtud del patriotismo. El sentimiento de pertenecer a la "tierra de los padres" (de ahí viene la patria), es signo de unión nacional.Jorge Luis Borges, en su poema conmemorativo del sesquicentenario del 9 de julio de 1860, escribió hace casi medio siglo: "Nadie es la patria pero todos los somos".Es decir, ninguna persona, partido o sector puede arrogarse la representación de ella, ya que la forman todos los que se sienten argentinos. Este espíritu debería presidir la celebración del Bicentenario.Muchas veces nos preguntamos cuándo el país superará los antagonismos que lo enfrentan, cuándo sus hijos, dejando atrás las reyertas y querellas, tirarán para el mismo lado.¿Acaso la conmemoración del Bicentenario no es una ocasión para que la sociedad argentina se reencuentre, reflexione sobre si misma y mire hacia el futuro sin divisiones ni resentimientos?"La primera exigencia de la patria es la paz interior", escribió en 1837 Juan Bautista Alberdi. Aunque parezca inaudito, este bien de la pacificación sigue siendo algo inalcanzable entre nosotros.Las discordias exacerbadas por odios pertinaces hacen hoy inviable a la Argentina. Y la política abona irresponsablemente este cuadro. En lugar de privilegiar los acuerdos, aun en medio de la discrepancia, parece que se solaza en el enfrentamiento.Hay una ley sociológica según la cual cuando las sociedades se ven amenazadas, dejan de lado sus diferencias y se unen contra el enemigo común.La corrupción y la pobreza son dos enemigos que están minando las bases de la Argentina. Si el patriotismo fuera más fuerte entre nosotros, sobre todo en la clase política, hace tiempo hubiésemos encarado una batalla frontal contra esas pestes, dejando de lado nuestras peleas miserables.Si hay un prócer de la unidad nacional, ése es San Martín, quien aborrecía de las rencillas sectarias. "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas", dijo.Empeñado en consolidar el proceso independentista, el 13 de marzo de 1819, le escribe a Estanislao López: "Divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que batiremos, hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor"."El verdadero patriotismo, en mi opinión, consiste en hacer sacrificios", escribió San Martín. Las palabras y la conducta del prócer, y la de aquellos que protagonizaron la gesta de Mayo, nos interpelan hoy.Ojalá la celebración del Bicentenario no sea una farsa.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

