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Una diversidad de ofertas para una sociedad adicta

El hombre suele acudir a un sistema de compensaciones y anestésicos para sobrellevar la carga de la existencia. Aunque a veces paga un alto precio por esta huida de la realidad.

Es conocida la metáfora de la droga para describir la caída del hombre en algún tipo de servidumbre, de pérdida de libertad o del control sobre la propia vida.

Así como el abuso de sustancias tóxicas crea dependencia psicofísica en los individuos, hay una infinidad de ofertas que pueden desarrollar conductas adictivas de todo tipo y a través de las cuales el hombre desarrolla mecanismos de huida de la realidad y de sí mismo.

La expresión “la religión es el opio del pueblo”, que pertenece al filósofo alemán Carlos Marx, remite por ejemplo a la idea de que determinadas ideologías o prácticas pueden actuar como mecanismos ilusorios o evasivos que permiten el control de las masas.

Según el marxismo, la religión es usada por las clases dominantes como instrumento para controlar al pueblo, aliviando y dándole sentido a sus padecimientos mediante la idea de un mundo de dicha ilusoria y la promesa de una vida eterna.

“La religión -escribió Marx- es el suspiro de la criatura abrumada por la desdicha, el alma de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una época sin espíritu. Es el opio del pueblo”.

Los adversarios del marxismo, en tanto, le aplicaron a esta ideología su propia medicina. La escritora Simone Weil escribió al respecto: “El marxismo es una verdadera religión, en el más impuro sentido de la palabra”.

Y añadió: “Tiene especialmente en común con todas las formas inferiores de la vida religiosa el hecho de haber sido continuamente utilizado, según la expresión tan justa de Marx, como un opio del pueblo”.

Al hacer un balance de la modernidad un personaje del escritor norteamericano Ernest Hemingway hace extensiva la metáfora opiácea: “Opio del pueblo, la religión…hoy también la economía es el opio del pueblo, como el patriotismo… Y las relaciones sexuales, ¿no son acaso un opio para el pueblo? Pero entregarse a la bebida, es el mejor de los opios: excelente, aun cuando los hay que prefieren la radio, este opio barato”.

Queda claro que “el opio del pueblo” representa una conducta compulsiva colectiva, que cambia tanto como las modas y que también actúa a nivel individual.

Vivimos en una sociedad donde probablemente el rasgo patológico por excelencia sea la idolatría a determinados consumos. En este sentido, la figura del adicto no se reduce al toxicómano.

También hay adicción al poder, al sexo y la pornografía, a la fama, al dinero, a la transgresión, a las noticias, a las compras, al trabajo, al ejercicio físico, a la música, a los juegos de azar, a los videojuegos, a determinados deportes, al cine y la televisión, y últimamente se dice que las redes sociales son el nuevo opio del pueblo.

De Homo Sapiens a Homo Adictus, esa parece ser la evolución (o involución) de nuestra especie, que marca el pasaje del ser racional al sujeto dominado por una compulsión enfermiza y tóxica.

Lo cierto es que en la llamada “sociedad de consumo” se verifica una especie de epidemia de nuevas adicciones “sin sustancias” (drogas, alcohol, tabaco) que sugiere que el fenómeno es un problema más inquietante y global.

Ahora bien, las adicciones son síntomas de algo más profundo que se vincula a un estado espiritual de las personas y los grupos. En este sentido, pueden leerse como un modo de evadirse de la realidad.

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