Una ética para tiempos convulsos
Vivimos en un mundo problemático en el cual se añoran las viejas seguridades y donde crece la sensación de fragilidad y vulnerabilidad de las vidas. ¿Qué ética de la felicidad, acaso, pudiera estar acorde con este contexto?El sociólogo Zygmunt Bauman habla de "modernidad líquida" para caracterizar a una sociedad donde el cambio es lo único permanente y la incerteza la única certeza.En su opinión, la nota distintiva del espíritu de la época es la incertidumbre, un estado mental regido por las dudas sobre el futuro. Pero a la vez por la impotencia, por la convicción de no tener el poder, o los medios, para encarar lo que viene.Bauman considera que el convulso ciclo histórico afecta la autoestima de mucha gente. "Uno se siente un perdedor: 'no puedo mantenerme a flote, me hundo'", describe."En este estado anímico de inestabilidad, maníaco, esquizofrénico, el hombre está desesperado buscando una solución mágica", apunta.En Europa, donde la crisis económica se ha hecho sentir con fuerza, después de décadas de prosperidad, viene creciendo una nueva toma de conciencia ética que hace eje en el individuo."El arte de no amargarse la vida", el libro del psicólogo Rafael Santandreu, se inscribe así dentro de una prédica que enseña a pasar el mal trago económico, apelando a distinguir lo importante de lo accesorio.Allí se dice que la angustia contemporánea parte de supuestos cognitivos erróneos, de lecturas incorrectas de la realidad. Una de esas representaciones, dice Santandreu, ha alimentado la "necesitis".Vivimos en sociedades tan artificiales que llegamos a pensar que si no tenemos determinadas cosas (auto, casa, vacaciones y demás) no vamos a ser capaces de sentirnos bien.Pero "los seres humanos necesitamos poco para ser felices, y esa capacidad la tenemos todos, vivamos donde vivamos", refiere el español. La otra representación falsa, postula, conduce a la "terribilitis"."Las personas más vulnerables a nivel emocional tienden a evaluar todo lo que les sucede (o podría sucederles) en el peor extremo, terrible", diagnostica Santandreu, para quien hay una tendencia a exagerar la relevancia de la adversidad.La idea de que el secreto de la felicidad reside en el modo como pensamos retoma la tradición de algunos sabios estoicos de la Antigüedad. Es conocida, al respecto, la máxima de Epícteto, un esclavo que llegó a ser filósofo y vivió en el año 50 d.C."Los hombres no sufren por los hechos sino por las representaciones que tienen de los hechos", dijo este representante del estoicismo, una venerable filosofía que pretendía poner al hombre al resguardo de los males su época, caracterizada también por las inseguridades y adversidades provenientes de las turbaciones políticas y sociales.Los estoicos se preguntaban a menudo sobre cuál era la mejor forma de vivir para el hombre o cómo conseguir la felicidad. Preguntas de este tipo no han pasado de moda, y por lo visto se las sigue haciendo, sobre todo en momentos históricos como los de ahora, signados por la incertidumbre.Epícteto creía que la clave de la vida pasaba por saber distinguir las cosas que "no dependen de nosotros" (el cuerpo, la riqueza, la salud, la fama, etc.) de aquellas que sí "dependen de nosotros" (opiniones, deseos, repulsiones).Si el hombre escoge las cosas que no dependen de él -decía-, estará a merced de las mismas, de los acontecimientos y de los otros hombres, será víctima de sufrimientos y por lo mismo cosechará infelicidad.
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