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Ciudad | Educación

Una profe desde adentro: lo que se presencia en la presencialidad

La presencialidad en las escuelas es, desde el inicio del año, un tema en boca de todos, y ubicado en perspectivas diversas y hasta contrarias. ¿Resulta positivo el regreso a las aulas? ¿Sería una decisión acertada retomar la virtualidad exclusiva? ¿Qué se gana y qué se pierde con ambas modalidades?

Por Pamela De Battista*

Escribo desde adentro. Quiero decir: como docente, desde adentro del sistema educativo, a conciencia de lo que sucede en las instituciones. Como madre de una niña escolarizada, aislada y a la espera, porque ella tuvo que realizarse el hisopado hace dos días. Escribo desde adentro de una rutina estricta de cuidado: cumplo con todos los protocolos en mis lugares de trabajo, y también lo hago en el contacto con mi burbuja (cada día más reducida, a medida que el miedo gana espacio). No cuento esto con la intención de hablar desde lo personal o lo anecdótico, sino porque sostengo que hay una responsabilidad civil en esta discusión, que sólo puede darse desde el lugar que cada uno de nosotros ocupa como parte de la sociedad, y en la situación particular con la que cada quien transita esta pandemia.

Pensar en la educación presencial/virtual implica abarcar la complejidad del asunto. Simplificar la situación deviene en subestimar las consecuencias.

Es indiscutible que el contacto humano que se establece dentro de las escuelas, principalmente entre estudiantes y docentes, o entre estudiantes y sus pares, es irreemplazable. En cada diálogo con colegas durante el 2020, fue un tema recurrente la tristeza, la incertidumbre, la preocupación por aquellos chicos y chicas con los que perdíamos, parcial o totalmente, la comunicación. En el aula se establece un vínculo esencial, que trasciende las meras prácticas de la educación formal. Hay mucho de lo afectivo, de ver los rostros, de escuchar las voces, las preguntas, de dejarse ir en el diálogo porque cuántas veces se necesita hablar de otras cosas. Acompañar los procesos y los logros no es igual en la virtualidad.

clases virtuales

Sabemos que las nuevas generaciones que conforman el alumnado actual, tienen un contacto mucho mayor con las nuevas tecnologías, y que éstas habilitan otras maneras de pensar, de conocer, y de comunicarse (mucho más asociadas con lo global y lo inmediato). Sin embargo, la virtualidad y la presencialidad aportan cosas distintas, cada una con su particularidad. Frente a esto, no debemos olvidar que muchas personas quedan fuera de lo virtual por diferentes causas como la falta de recursos (no todos tienen computadoras, internet, celulares, datos), la falta de conocimiento sobre nuevas tecnologías, entre muchas más variables.

Por otro lado, nos encontramos con esta cuestión inherente al asunto: la labor docente, constantemente puesta en tela de juicio. Sólo quienes enseñamos en las escuelas sabemos que nuestro trabajo, per se, es en extremo exigido. Que vamos todo el día de una escuela a la otra, y que, además, trabajamos muchas horas en nuestras casas corrigiendo y planificando, para dar lo mejor en nuestra tarea que es, nada más y nada menos, que la de educar, formar. Con todo el compromiso que eso implica. Podría hablar también del salario injusto, de la falta de tiempo, pero ese tema merece otro texto.

La mayoría de nosotros aprendió, a los apuros, a usar plataformas virtuales

En cuarentena, nuestro trabajo dio un giro que nos dejó ante la incertidumbre y la inseguridad, no estábamos preparados para esta situación extraordinaria. Nadie lo estaba. Las clases viraron de grupales a personalizadas. La mayoría de nosotros aprendió, a los apuros, a usar plataformas virtuales. Invertimos mucho tiempo haciendo videos, planificando actividades que (lo intentamos) nuestros alumnos y alumnas puedan entender, solos, en sus casas. Dimos nuestros números de teléfono y todos los medios de comunicación que estuvieron a nuestro alcance, nuestros recursos tecnológicos personales, nuestro tiempo entero. Empezamos a contestar mensajes los fines de semana y en cualquier horario. Todo se desvirtuó, y, claramente, nadie quiere que esto vuelva a ocurrir.

Y pensando en lo expuesto en el párrafo anterior me pregunto: con el término “presencialidad” ¿a qué nos referimos? ¿Acaso no es estar presentes, también, por ejemplo, responder un mensaje a las 22 hs, porque un estudiante no entendió una consigna y le urgía una respuesta? ¿No es estar presentes la acción de sostener el diálogo, intentar que los y las estudiantes no queden varados en el silencio durante el aislamiento? (Aquí abro este paréntesis para invitarles a pensar: cuán distintas hubieran sido las prácticas y la continuidad de chicos y chicas en el sistema educativo durante el 2020, si el gobierno anterior no hubiera anulado el Programa Conectar Igualdad).

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Ahora bien, cuando decimos que las clases, hoy, son presenciales, incurrimos en un error. Lo cierto es que se está trabajando con la doble modalidad: presencial/virtual. La reducción de horario en las escuelas, establecida por protocolo, es mínima y no alivia la tarea. Hoy somos responsables de alumnos y alumnas de riesgo, a la vez que de cursos divididos en burbujas (cabe aclarar que las burbujas sólo abarcan a estudiantes, los y las docentes asistimos cada día, de lunes a viernes, todas las semanas). Se tiene que intentar que las burbujas que conforman el mismo curso vayan a la par en cuanto contenidos, para sostener, como sea posible, la unidad del curso separado. La presencialidad se ve reducida, y, el proceso de enseñanza aprendizaje, interrumpido a cada rato por aislamientos de docentes y/o de burbujas enteras. Vemos aulas vacías. Vemos cumplirse el protocolo dentro de la escuela (distancia, alcohol, barbijo), pero les invito a pasar por la vereda o por las paradas de colectivo al finalizar el horario de clase: lo que observamos son los protocolos olvidados apenas se cruza la puerta de salida.

La presencialidad se ve reducida, y, el proceso de enseñanza aprendizaje, interrumpido a cada rato por aislamientos de docentes y/o de burbujas enteras

Y ¿cómo será intentar mantener la distancia, y horas enteras de barbijo puesto, con niños y niñas de primaria o de jardín? ¿Cómo será tener que contener la infancia que requiera atención cercana dentro de la institución? ¿Es posible garantizar el estricto cumplimiento de la distancia? No, simplemente porque la presencialidad no lo permite desde lo más humano que nos lleva a estar en las aulas, en los patios, en la escuela.

Mientras tanto, desde el inicio de marzo de este año, estamos físicamente presentes, y con miedo. Sabemos que mientras se cierran otros espacios que presentan igual o menor nivel de riesgo, como los eventos culturales, las escuelas siguen abiertas. Las aulas ventiladas en estos días, en que comienza el frío, no nos garantizan un estado de salud óptimo. Los síntomas de resfrío son síntomas de alarma. Y todo se vuelve un círculo inacabable en el que, quienes habitamos estos lugares, siempre nos sabemos expuestos al virus. Y pensamos, no solamente en nosotros, sino en nuestras familias, en esas pocas personas que vemos y que conforman nuestras propias burbujas. Pensamos en las personas de riesgo de nuestro entorno.

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Entonces, junto a los beneficios emocionales y pedagógicos (si se quiere, pero esto es relativo y muy debatible), nos encontramos frente a una “presencialidad” reducida, interrumpida, que conlleva graves riesgos de salud, y complementada con el trabajo virtual que implica una labor extra, no paga.

A casi dos meses del inicio de clases, creo que es hora de que pensemos esto de manera comprometida: no pasa por mi propio bienestar, pasa por una cuestión colectiva.

Es urgente que se priorice la salud de toda población. Tenemos fuentes que no nos engañan: todos sabemos que estamos ante una alarmante segunda ola, que ya ingresaron a nuestra ciudad las nuevas cepas, Inglesa y Manaos (mucho más agresivas que las cepas anteriores). Estamos al tanto de que los casos crecen de forma exponencial y de que el sistema de salud está colapsando. Hay datos confiables que nos indican que, en el país, ya han fallecido docentes y estudiantes como consecuencia de la falta de cuidado que implica la asistencia física a las escuelas. Sabemos que continuar poniéndonos en riesgo es, además, no solidarizarnos con los trabajadores y las trabajadoras de la salud. Pensemos que, en una situación mucho más favorable (exactamente con cero casos en nuestra ciudad), se decidió la virtualidad en 2020, como medida preventiva.

Quienes estamos en la boca del lobo somos los y las docentes, los alumnos y alumnas, nuestros hijos e hijas

No creo que la virtualidad sea una opción a considerar por tiempo indeterminado, pero sí me parece considerable en lo inmediato. Esta media presencialidad es, hoy, la pura presencia del miedo y del riesgo. Quienes estamos en la boca del lobo somos los y las docentes, los alumnos y alumnas, nuestros hijos e hijas. Concluyo en que es sumamente necesario ir en coherencia con las medidas que sugiere el gobierno nacional, y que la educación, en nuestra provincia, se amolde al contexto real e inminente que nos atraviesa.

*Profesora de Lengua y Literatura / Docente de Escuela Secundaria

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