Editorial |

Una reivindicación al pueblo sefardí, cinco siglos después

Cientos de miles de descendientes de los judíos expulsados de España en 1492 obtuvieron la nacionalidad española, culminando así un proceso de reparación histórica hacia esa etnia.

En 2015 se había aprobado en España una ley destinada a entregar la nacionalidad española a los descendientes de sefardíes que quisieran obtenerla. Y esto como un gesto de la monarquía española dirigido a compensar la injusticia que había cometido con ese pueblo.

La iniciativa se ha considerado un éxito porque un total de 149.822 personas han solicitado la nacionalidad antes de que el plazo para su demanda finalizase el 30 de septiembre.

La medida ha tenido impacto en la comunidad sefardí que vive en nuestro país. Según informa el diario ABC, en Argentina se registraron 2.007 demandas por nacionalidad.

“Hay dos motivos principales para pedir la nacionalidad”, explicó Marcelo Benveniste (Buenos Aires, 1957), un judío sefardí de 60 años que se ha beneficiado de la ley.

“Uno, que aquí hay una de las comunidades sefardíes más grandes del mundo. Otro, las distintas crisis que han pasado nuestros países, que hace que muchos jóvenes vean en la ley la apertura de las puertas de Europa. Hay factores sentimentales, emotivos, y de interés particular”, razona.

Los judíos fueron expulsados hace cinco siglos del Sefarad, nombre que le ha dado la tradición judía a la península ibérica. Y esto en virtud de la política religiosa de los reyes católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.

El proceso de unificación del reino, así, incluía la política de hacer católicos por la fuerza a los súbditos. En el caso de los judíos, a los que no se “convirtieron” a la religión dominante, se los expulsó de la península.

Aquellos judíos que en el pasado prefirieron quedarse en España, o en sus dominios americanos, debieron abrazar la religión católica. Los “conversos”, así se los llamó, eran constantemente vigilados por la Inquisición, pero algunos de ellos practicaban en secreto la religión de sus ancestros.

Los sefardíes llegaron desde un primer momento en buen número a tierra americana, huyendo de la persecución, aunque disimulando nombres y costumbres.

A fines del siglo XIX, con las grandes migraciones que poblaron Argentina, arribaron con sus nombres propios, usos, ritos, religión y conocimientos ancestrales.

La investigadora de la cultura sefardí Liliana Tchukran de Benveniste dividió a esa ola inmigratoria en cuatro grupos: los provenientes de Marruecos, los de Turquía, los de Grecia y los Balcanes, y los de Siria.

La presencia hebrea en Gualeguaychú se remonta a fines del siglo XIX y principios del XX. Esta comunidad se fue constituyendo de un modo espontáneo, no masivo ni articulado, proceso diverso al de los primeros asentamientos de colonos en el centro de Entre Ríos.

Dos grupos judíos de distinta procedencia se instalaron aquí. Por un lado los sefardíes y por otro los asquenazíes, nombre dado a los judíos que vivían en Europa central y oriental, quienes desarrollaron costumbres y un idioma propio, el ídish, y que también sufrieron persecuciones.

Miembros de estos dos grupos se instalaron en la ciudad y dada su diversa idiosincrasia permanecieron relativamente distantes unos de otros, llegando a tener incluso cada uno su propia sinagoga (lugar de culto y estudio).

A medios del siglo XX la colectividad judía de Gualeguaychú era robusta. Estaba integrada por entre 120 y 130 familias, las cuales desarrollaban entonces una intensa actividad social.

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