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Luis Castillo

Una se va, la otra se queda

El 2020 será recordado, quién lo duda, como el año en que empezó la pandemia. ¿Alguna vez tendremos en cuenta el otro concepto, similar pero peor, que es el de endemia?

No vamos a hablar de epidemiología ni cuestiones asociadas; no pretende ser este un artículo académico ni aburrir con datos, cifras y definiciones que solo colaboren –aún más, si esto fuera posible− con la confusión y desinformación generalizada. No obstante, a los fines que persigo en este domingo de otoño, es importante tener en claro dos términos: pandemia y endemia. Pandemia, como ya se ha escuchado hasta el hartazgo, es la propagación de una enfermedad prácticamente en todo el mundo; endemia, por su parte, es un proceso que llega a un lugar para quedarse. Las epidemias (o las pandemias) llegan y se van, las endemias persisten en el tiempo y en un espacio geográfico determinado. La diferencia fundamental entre una situación y otra no estriba en el tipo de virus o bacteria responsable de una particular enfermedad sino −básicamente− en los factores socioeconómicos que permiten que las mismas perduren en el tiempo. El mal endémico sobre el que deseo invitarlo a reflexionar no se debe a ningún microorganismo microscópico, sino al organismo más evolucionado de todos, la raza humana. ¿Cuál es? La pobreza.

Una rama del conocimiento que en los últimos años ha hecho unos aportes importantísimos a nuestra forma de ver el mundo y de entendernos a nosotros mismos, es la neurociencia. Básicamente lo que estudia esta especialidad es cómo se desarrolla el sistema nervioso, su estructura, etc. pero centrándose en el cerebro y su impacto en el comportamiento y las funciones cognitivas, es decir, lo relacionado al aprendizaje y el conocimiento; de allí su estrecha relación con las matemáticas, la lingüística, la ingeniería, la informática, la química, la filosofía o la psicología y, por ende, la conducta y el comportamiento.

Ahora bien, hace unos pocos años un grupo de investigación comenzó a trabajar puntualmente sobre esta pregunta: ¿La pobreza (no la desnutrición, cosa que ya se sabe desde hace mucho tiempo) afecta el cerebro de los niños?

Un estudiante del genial Andreas Vesalius, allá por 1587, describió una estructura cerebral a la que, por su curiosa forma denominó hipocampo. Lo que no sabía este observador alumno era que esta era la responsable de la memoria y el aprendizaje. Por otra parte, se conoce que la capa más externa del cerebro se encuentra estrechamente relacionada con el lenguaje y el control de impulsos. Pues bien, lo primero que permitieron corroborar diferentes trabajos de investigación fue que, los niños y niñas que crecen bajo circunstancias socioeconómicas precarias, tienen diferencias significativas en estas áreas mencionadas en relación a niños y niñas que tuvieron adecuada alimentación, educación y afecto. Veamos más.

En 2018 se inició un trabajo de investigación denominado “Baby’s First Years” (los primeros años del bebé) buscando determinar si la reducción de la pobreza podría por sí sola favorecer un desarrollo saludable del cerebro. Este estudio (aun en curso) “es considerado como un emprendimiento audaz para demostrar, a través de un ensayo clínico, un vínculo causal entre la reducción de la pobreza y el desarrollo cerebral”. Lo que se procura, en definitiva, es que “sus conclusiones puedan tener implicancias directas en el diseño de políticas públicas”, sostuvo Martha Farah, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Pensilvania y directora del Centro de Neurociencia y Sociedad, que estudia la pobreza y el cerebro. En otras palabras, están buscando el basamento cientifico para implementar una asignación por pobreza.

Más allá de los resultados que aporte el trabajo mencionado, lo que ya desde hace tiempo se sabe es que los niños y niñas no solo mal alimentados, sino que conviven con todo lo que significa un entorno de pobreza, tienen, además, un peor desempeño en la escuela; en ellos y ellas, se observó una actividad del cerebro más débil y una mayor propensión a distraerse, tal como afirma una nueva investigación de la Universidad de East Anglia (Reino Unido). Pero no todo termina en la infancia. Eso es solo el inicio. Adina Zeki al Hazzuri, de la Universidad de Miami, constató en un interesante trabajo llevado a cabo en personas mayores en relación con el envejecimiento cerebral y el deterioro cognitivo que “las personas que estuvieron en situación de pobreza todo el tiempo durante 20 años tuvieron resultados muchos peores que los que nunca vivieron esa experiencia” y concluye terminante: “Yo diría que la pobreza cambia sin duda cómo pensamos". En definitiva, los daños que se producen a nivel cerebral por esta causa no son transitorios sino irreversibles.

Ahora bien, esto que estamos diciendo no es ninguna novedad, dirá usted. Y seguramente tiene razón. ¿Por qué lo estamos destacando entonces? Porque, aunque parezca mentira, los países del primer mundo parecen estar dándose cuenta recién ahora, cuando la pandemia visibilizó descarnadamente la pobreza llenando las calles de muertos, en su mayoría pobres, que quizás había que ocuparse de este tema, porque no resulta casual ahora el trabajo de Loic Wacquant sobre las políticas de Tolerancia Cero del hoy caído en desgracia ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani y que acertadamente tituló: Las cárceles de la misera. Porque la pobreza y la desocupación van de la mano, así como la segregación y la xenofobia, la prostitución y las adicciones, la desesperanza y la muerte prematura. Porque al público culto ya no se conmueve con imágenes de niños africanos de huesitos frágiles y panzas hinchadas, sino que, como asegura Charles Nelson, de la Universidad de Harvard "Unas imágenes bonitas del cerebro parecen tener más impacto que fotografías de niños hambrientos, y creo que hacen ver a las personas que hay un precio biológico que se paga por crecer en la pobreza". ¡El precio biológico que se paga por crecer en la pobreza!, impactante ¿no?

Cada año, 250 millones de niños en el mundo no alcanzan su potencial de desarrollo. En nuestro país, los indicadores de pobreza infantil son alarmantes y las perspectivas de cambio poco alentadoras. El “Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño en la Argentina” calcula que la pobreza infantil llega al 62,9% y la brecha entre ricos y pobres es de 25 veces. Para mitigar el daño, el gobierno distribuye ayuda alimentaria a 11.200.000 personas, casi cuatro millones más que antes del comienzo de la aparición del coronavirus. “La pobreza afecta más a niñas, niños y adolescentes que residen en hogares con jefatura femenina, principalmente monoparentales, lo que marca una primera inequidad en términos de género.” dice el informe de UNICEF Argentina. La inversión realizada por el Gobierno nacional en respuesta a la pandemia es significativa, pero, aun así, resulta fundamental mejorar la suficiencia y el poder adquisitivo con la AUH como principal mecanismo de protección de ingresos a la niñez; sin embargo –esto también lo aporta UNICEF− es necesario ampliar la base de los programas de protección social, además de la Asignación Universal por Hijo, la Asignación Universal por Embarazo y la Tarjeta Alimentar. El hambre no puede esperar a que mejore la pobreza estructural. Un niño o una niña con hambre en Argentina es intolerable. Un niño o una niña buscando comida en la basura en Argentina es inaceptable. Obsceno.

La pandemia pasará. En corto o mediano plazo pasará. La endemia de la pobreza seguirá ahí, estigmatizando, enfermando, matando, esperando. Esperando. Esperando.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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