Una visión menos idealista de la política
Aunque resulte "políticamente incorrecto" decir que la política es un fenómeno amoral, sólo una mirada ingenua y hasta frívola negaría el lado sórdido de toda lucha por el poder.Se dirá que resulta una enormidad filosófica sostener que el poder es malo en sí mismo -como postula el anarquismo- y que en todo caso el problema es su abuso.Sin embargo, ¿por qué esa persistente sospecha de que ahí late algo maligno? Y más profundo aún: ¿acaso la historia humana entera no puede leerse en términos de lucha desigual contra la tiranía?No es casual que algunos pensadores modernos sólo vean cosas tenebrosas en el poder. Como es el caso del francés Michel Foucault, quien terminó aconsejando: "No os enamoréis del poder".Quisiéramos homologar la política al resto de las conductas humanas, y desde una perspectiva ética subordinarla a un valor superior. Algunos filósofos griegos primero y luego los tratadistas cristianos de la Edad Media sostenían, efectivamente, que la actividad "debía" ser regulada por el "bien común".¿Pero así actuaban los gobernantes de la Antigüedad y los monarcas del feudalismo? ¿Alejandro Magno, por caso, puso el poder al servicio de su pueblo o lo utilizó para su propio engrandecimiento?En el Renacimiento le cupo a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) la tarea de desmontar el discurso político idealista. El primer científico del poder, en vez de precisar cómo debería ser la actividad, observó la conducta real de los políticos, como el infame duque César Borgia, y entonces extrajo algunas conclusiones desagradables.Hace quinientos años, el autor de "El Príncipe" distinguió con crudeza cómo funciona de hecho la política, con independencia de cómo nos gustaría que fuera. Su conclusión es que el éxito de la acción política es incompatible con la moralidad.Esto y decir que la política es a-moral es prácticamente lo mismo. El acceso y la conservación del poder por parte del político supone, inexorablemente, no reparar en medios.Maquiavelo nos viene a decir que si un gobernante no está dispuesto a renunciar a la moral cuando las circunstancias así lo exigen, más vale que se dedique a otra cosa. "Un príncipe que quiere mantenerse como tal debe aprender a no ser necesariamente bueno, y usar esto o no según lo precise".Esta concepción de la política, devenida en una pura técnica de dominación, se apoyaba en una antropología pesimista. En efecto, Maquiavelo tenía una pobre opinión de los hombres.Postulaba que la mayor parte de la gente se interesa más por su seguridad, sobre todo económica, que por la moral de sus gobernantes. La maldad del hombre, decía el florentino, es inapelable: "Un hombre olvida antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio".La constatación empírica del autor de "El Príncipe" probablemente no justifique que la política deba ser a-moral. Y esto por aquello de que lo corriente no debe ser lo correcto.Sin embargo ayuda a seguir preguntándonos sobre la naturaleza profunda del poder fuera de las posturas idealistas, propensas a creer que las cosas son como quisiéramos que fuesen.Entre nosotros el filósofo Santiago Kovadloff, alguien que no suscribiría a Maquiavelo, asegura sin embargo tener un concepto trágico de la política. "Extraño a Mitterrand, él sabía que la política no es ética, que es una tragedia. Yo creo que la política es una ejercicio moderado de la maldad, pero a la vez es imprescindible porque sin ella no hay organización social", ha dicho.
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