Unos atesoran y otros se despojan
De un tiempo a esta parte, en un contexto de terremoto económico, ha aumentado la presencia de dos públicos con móviles diversos ante casas de cambio y joyerías. En el primer caso es gente que cambia su tenencia de pesos por dólares. A muchos particulares, familias y empresas, les entró la fiebre por la divisa norteamericana, con el objeto de atesorar valor.o Quienes visitan las joyerías, en tanto, lo hacen para desprenderse de alhajas, porque están con la soga al cuello, a caballo de la crisis económica. Según los reportes del sector, esta actividad de las joyerías aumentó un 30% respecto del año pasado.
Es decir, se trata de argentinos con suerte diversa ante la crisis. Unos tienen capacidad de ahorro y ven en la divisa norteamericana un refugio de valor, el medio de atesorar.
Porque la experiencia les indica, contra lo que recomiendan los funcionarios de turno, que en la Argentina quien apuesta al dólar siempre gana. Escépticos del gobierno, guardan sus dólares en “el colchón” o directamente los fugan del país.
Otros, en cambio, apretados económicamente, se des-atesoran, se despojan de objetos de valor (antigüedades, relojes, alhajas, etc.), para hacer frente a gastos urgentes.
Es el “efecto pobreza” que se coló en las clases medias altas, las que pueden esquivar los apremios materiales recurriendo a las míticas “joyas de la abuela”. Esta práctica, muy extendida en 2002, se irá profundizando a medida que la recesión golpee más fuerte.
Por cierto que entre quienes apuestan a la venta de joyas están también los que buscan alguna tajada. Según los analistas, el buen precio del oro alienta a algunos a sacar de la cómoda sus joyas.
Esta franja busca obtener un rédito financiero. Está vendiendo herencias de la abuela no para comprar cosas sino para comprar dólares, porque intuyen que la divisa extranjera está “barata” y se va a disparar en el futuro.
Según los joyeros, más que las pinturas y antigüedades, lo que más rinde hoy son los brillantes: 10.000 dólares el quilate. En tanto, hay anillos de algo más de 25.000 dólares.
Por lo demás, está claro que entre los argentinos que buscan cubrirse, en una situación de debacle económica, los billetes verdes despiertan pasión. El dato es que durante 2008 hubo una salida récord de dólares.
Eso significa que quienes tienen capacidad de ahorro, y en teoría deberían gastar su dinero en bienes y servicios o en su defecto invertirlo en el país, prefieren llevarlo a otro lado.
Difícilmente un país pueda progresar si la gente de dinero lo fuga. Estructuralmente, esta tendencia ha condenado a la Argentina a ser un país que exporta capitales.
Por eso en las últimas décadas, ante esta sangría de ahorro argentino, los gobiernos han apelado a todos los recursos para financiarse y mantener la actividad económica.
Endeudamientos siderales, ahorros forzosos, impuestos exorbitantes, incautaciones de recursos previsionales, corralitos, en fin, todas fórmulas argentinas para suplir los capitales fugados.
Hábiles para zafar de la voracidad fiscal, de las mañas de los gobiernos, los argentinos han desarrollado un instinto infalible para saber cuándo sacarse los pesos de encima y apostar al dólar.
Al parecer hoy muchos perciben que la divisa norteamericana, indefectiblemente, llegará a los 4 pesos a fin de año. Saben que la inflación le ganó al precio de esa moneda, que el campo venderá menos granos al exterior, que los vencimientos de deuda pública son mayores, que la recaudación se cae.
Perciben que las tendencias devaluacionistas del peso, más o menos abruptas, continuarán. Y esto es toda una invitación para pasarse al dólar.
Es decir, se trata de argentinos con suerte diversa ante la crisis. Unos tienen capacidad de ahorro y ven en la divisa norteamericana un refugio de valor, el medio de atesorar.
Porque la experiencia les indica, contra lo que recomiendan los funcionarios de turno, que en la Argentina quien apuesta al dólar siempre gana. Escépticos del gobierno, guardan sus dólares en “el colchón” o directamente los fugan del país.
Otros, en cambio, apretados económicamente, se des-atesoran, se despojan de objetos de valor (antigüedades, relojes, alhajas, etc.), para hacer frente a gastos urgentes.
Es el “efecto pobreza” que se coló en las clases medias altas, las que pueden esquivar los apremios materiales recurriendo a las míticas “joyas de la abuela”. Esta práctica, muy extendida en 2002, se irá profundizando a medida que la recesión golpee más fuerte.
Por cierto que entre quienes apuestan a la venta de joyas están también los que buscan alguna tajada. Según los analistas, el buen precio del oro alienta a algunos a sacar de la cómoda sus joyas.
Esta franja busca obtener un rédito financiero. Está vendiendo herencias de la abuela no para comprar cosas sino para comprar dólares, porque intuyen que la divisa extranjera está “barata” y se va a disparar en el futuro.
Según los joyeros, más que las pinturas y antigüedades, lo que más rinde hoy son los brillantes: 10.000 dólares el quilate. En tanto, hay anillos de algo más de 25.000 dólares.
Por lo demás, está claro que entre los argentinos que buscan cubrirse, en una situación de debacle económica, los billetes verdes despiertan pasión. El dato es que durante 2008 hubo una salida récord de dólares.
Eso significa que quienes tienen capacidad de ahorro, y en teoría deberían gastar su dinero en bienes y servicios o en su defecto invertirlo en el país, prefieren llevarlo a otro lado.
Difícilmente un país pueda progresar si la gente de dinero lo fuga. Estructuralmente, esta tendencia ha condenado a la Argentina a ser un país que exporta capitales.
Por eso en las últimas décadas, ante esta sangría de ahorro argentino, los gobiernos han apelado a todos los recursos para financiarse y mantener la actividad económica.
Endeudamientos siderales, ahorros forzosos, impuestos exorbitantes, incautaciones de recursos previsionales, corralitos, en fin, todas fórmulas argentinas para suplir los capitales fugados.
Hábiles para zafar de la voracidad fiscal, de las mañas de los gobiernos, los argentinos han desarrollado un instinto infalible para saber cuándo sacarse los pesos de encima y apostar al dólar.
Al parecer hoy muchos perciben que la divisa norteamericana, indefectiblemente, llegará a los 4 pesos a fin de año. Saben que la inflación le ganó al precio de esa moneda, que el campo venderá menos granos al exterior, que los vencimientos de deuda pública son mayores, que la recaudación se cae.
Perciben que las tendencias devaluacionistas del peso, más o menos abruptas, continuarán. Y esto es toda una invitación para pasarse al dólar.
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