Urbanización imparable y nostalgia de la naturaleza
Es una de las paradojas globales más inquietantes de la época: mientras se verifica una avalancha humana hacia las ciudades, más crece el deseo por una vida más armónica con el entorno natural.El verdadero culto a la naturaleza que se verifica en la sociedad moderna corre parejo con la pérdida del contacto directo con la vida. El ecologismo coexiste con megalópolis y conglomerados altamente artificiales.Nunca como ahora se ha visto tanta distancia entre el hombre y el mundo natural, desde el momento en que se interpone entre ambos la urbanización más extrema.Los movimientos de población del campo a la ciudad parecen imparables. "En los próximos 40 años los niveles de urbanización se habrán incrementado dramáticamente, con un 70% de la población del planeta viviendo en áreas urbanas en 2050", publica la ONU.A todo esto, además de preferir la ciudad, el hombre ocupa una escasa franja de la tierra. Un estudio divulgado por la Comisión Europea y el Banco Mundial, revela que el 95% de la población mundial se concentra en un 10% de la superficie del planeta.Lo que no deja de llamar la atención es que la mayoría desea vivir con las comodidades de la ciudad, pero a la vez siente una enorme nostalgia por la naturaleza perdida.Según el diccionario, nostalgia es la "tristeza melancólica por el recuerdo de un bien perdido". Y aquí lo que estaría en juego es la pérdida del contacto directo con la vida natural.La conciencia ecológica empalma con el descubrimiento de cuánto nos hace falta la naturaleza. Tomamos conciencia así de la dependencia humana con el cosmos material.Aunque los espejismos protegidos de las ciudades nos induzcan a pensar lo contrario, entrevemos que algo muy humano se pierde sin los mares, sin los bosques, sin los vientos o la nieve.Por eso se explica que queramos defender al planeta de la avidez y de las agresiones de la desaprensiva civilización industrial. Pero es más que eso: al reaccionar contra los abusos a la naturaleza, ¿no buscamos con ello preservar nuestra salud física y mental?O en otros términos: ¿en qué medida la conciencia ecológica no es una protesta, acaso subterránea, contra el propio estilo de vida urbano, que no obstante abrazamos masivamente?Algún psicólogo podrá explicar esta contradicción alegando que dondequiera que todo ser vivo -y el hombre lo es- experimenta trastornos y desarreglos en su constitución natural, busca siempre una compensación.Se diría entonces que la conciencia ecológica es un fenómeno compensatorio frente a la unilateralidad de la existencia urbana. Es una reacción contra un estilo de vida hoy hegemónico.Hay razones para sospechar que nuestro extrañamiento con el planeta denuncia en realidad un disloque antropológico. La creciente ruptura del equilibrio entre la naturaleza y el medio natural podría estar reflejando, en realidad, una ruptura entre el hombre y él mismo.La extensión del modelo urbano, en este sentido, es un asunto problemático. Tendemos a creer que es lo deseable, en línea con la ideología del progreso civilizatorio, aunque sin ver lo alienante que puede resultar para la humanidad.Más allá incluso de la pérdida de la conexión vital con la naturaleza -y de las consecuencias físicas y mentales que de ello se derivan-, es llamativo que la ONU advierta, por ejemplo, respecto de que la situación de las ciudades puede llegar a ser desbordante.Habla concretamente de un aumento del malestar social global. La dinámica de la concentración poblacional exacerba la lucha entre ricos y pobres, creando "altos niveles de desigualdad" que alimentan "inconformidad social e inseguridad", dice la ONU.Por otro lado, es notable que lo que llamamos genéricamente como "campo" -como antítesis de lo urbano- haya dejado de ser un espacio natural virgen para devenir en una "fábrica" (agricultura industrial) que garantiza el abastecimiento de la ciudad.
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