CRISIS, INTERNAS Y JUSTICIA
Urribarri, los extremos y nuestra propia desidia que nos condena
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¿Por qué no los echa? Un funcionario, cualquiera, que critica a su jefe y la política que implementa en público, sólo tiene dos salidas: o se va o lo rajan. Como hasta ahora, los soldados de Cristina no dan señales de abandonar el barco, el Presidente debería tomar una decisión. Cada día que pasa, pierde poder y autoridad y, lo que es peor, palabra ante una sociedad que asiste atónita a un gobierno que es, al mismo tiempo, oficialismo y oposición.
Por Jorge Barroetaveña
Es raro que estos muchachos supongan que así pueden llegar al 2023. Abrazarse sólo a cierta mejora económica o al culebrón de las peleas por el liderazgo opositor, luce escaso para un gobierno que debería tener expectativas de quedarse. Pero el calvario no termina, se estira todos los días hasta el hartazgo. Cuando no es Feletti, es Máximo, cuando no es Máximo es Parrilli, cuando no es Parrilli es Vallejos, cuando no es Vallejos es Hebe, cuando no es Hebe es Larroque y así hasta el infinito. Se vuelve insoportable la retahíla kirchnerista y su crítica a la gestión, que ellos mismos alumbraron y de la que forman parte. El incendio de la inflación les va quemando los pies, lento pero inexorable. Ni aún con ese contexto reaccionan. No hay chances que un gobierno dividido y peleado pueda enderezar un barco que ya venía escorado.
En la filípica de Felletti, “esto se va a poner peor”, hay mucho de cierto. Guzmán fue elegido por Alberto para arreglar la deuda. Ya lo hizo. Su figura quedó debilitada por el fuego amigo y el planeta sabe que Cristina no lo quiere. ¿Vale la pena seguir sosteniéndolo? Si la autoridad presidencial ya está menoscabada, ¿qué le hace una mancha más al tigre? Es probable que el Presidente lo viva como su último gesto de autoridad, sostener a alguien que cumplió un ciclo. Aplica la lógica política de nunca echar a un funcionario cuando los opositores le piden la renuncia. El detalle es que, en esta ocasión, son los propios integrantes de la coalición los que gritan pidiendo cabezas.
El Presidente debería aprender del caso de Sergio Urribarri. Hoy condenado en primera instancia, le aceptó la renuncia al cargo de Embajador en Israel ante el hecho consumado, o mejor dicho, ante la condena consumada.
Muchas enseñanzas deja el proceso judicial que aún no terminó y que involucra al ex gobernador entrerriano, funcionarios de alto rango, familiares, empresarios y amigos. Urribarri llegó a la política de la mano de Jorge Busti. Ocupó los cargos más altos de la provincia. Fue Ministro de Gobierno, Presidente de la Cámara de Diputados y dos veces gobernador. No conforme con eso, intentó vanamente ser elegido por Cristina para La Rosada. No pudo y en el intento dejó jirones de gestión y recursos públicos, que ahora le pasan factura. Claro que el proceso judicial está lejos de terminar y, con las ‘flexibilidades’ del Poder Judicial no habría que descartar nada. Pero esta causa, como la de los contratos de la legislatura provincial, desnudan el entramado que incluye a la política, los jueces y los delincuentes, que no son otra cosa. El que se aprovecha de los recursos públicos para hacer negocios, trafica influencias o simplemente se dedica a usufructuar la posición que ocupa, comete el peor de los pecados de la democracia que es violar el mandato de los ciudadanos que lo eligieron y le entregaron su propio futuro y el de las próximas generaciones.
La sensación de hastío con los políticos no reconoce fronteras ideológicas o partidarias. El que piense lo contrario se equivoca y corre el riesgo de ser sepultado por el descontento. Un encuestador más o menor confiable (¿los hay?) compartió sus últimos números. El único que crece en las encuestas es Milei, a caballo del enojo de buena parte de la sociedad con la ‘casta’ política, como él mismo lo define. Casta a la cual claro, él ya pertenece.
Este fenómeno de los extremos, no es nuevo, pero en Argentina nunca han tenido chances reales. El PI (Partido Intransigente) con Oscar Allende en los ’80, Alsogaray Alvaro y María Julia desde la derecha y no mucho más. Los demás han sido expresiones que terminaron subsumidas en otras expresiones más taquilleras. Pero en tiempos de política líquida, donde las redes sociales tienen influencias muchas veces decisivas, ¿por qué habríamos de estar exentos de los fenómenos que suceden en otras partes del mundo? No somos tan distintos.
Ni el peronismo en todas sus vertientes ni el no peronismo lucen receptivos a las nuevas demandas. Incluso parecen decodificar mal el mensaje. Traducido: buena parte de la dirigencia vive en una nube. Esa que, en algún momento habitó un señor llamado Sergio Urribarri. Una vez más, la realidad se encarga de demostrar lo efímero que es el poder, cuánto de engaño tiene y que la impunidad no es eterna. Nadie sabe qué pasará más adelante, si este fallo condenatorio se mantendrá en el tiempo o si servirá para otros que le sigan. Lo único que queda al final del camino es la realidad. Esa que todos los días nos recuerda lo mal que hicimos las cosas. Nuestra desidia y falta de compromiso. Eso que aprovecharon gobernantes corruptos para hacer de las suyas.

