Vanidad, usos de un viejo adjetivo
La palabra vanidad, de origen latino, remite a la calidad de vano, vacío, hueco o falto de realidad, sustancia o solidez. Una caracterización que podría definir a personas o a épocas históricas.De hecho este adjetivo, vinculado a lo insustancial, tiene una resonancia, un tono de familiaridad, con el concepto de lo "líquido" con el que el sociólogo Zigmunt Bauman suele definir a la sociedad contemporánea, centrada en la satisfacción consumidora."Vanidad de vanidades, todo es vanidad", así se lee en la Biblia, en donde la palabra se emplea preferentemente para describir a la naturaleza humana pasajera, mortal, perecedera y débil.En el libro Eclesiastés se habla del "vano" esfuerzo humano por buscar y construir la felicidad por los propios medios. Y esto porque lo humano, según el relato bíblico, está inexorablemente condenado a la muerte.Para la teología cristiana, la vanidad hace que el hombre sienta que no necesita de Dios. Se trata de una especie de auto-idolatría, y por esto mismo es uno de los "pecados capitales".Muchos suscriben la tesis de que vivimos en la era del ego. La obsesión por la imagen, el estímulo de la individualidad, la proliferación de blogs, redes y realities daría cuenta de un fenómeno de estos tiempos: la idolatría de uno mismo.La autorreferencia ya no es sólo una actitud personal sino algo social, un modo de ser, como si el "amor a uno mismo" deviniese en cultura. Pero el sentimiento excesivo de la propia importancia, es siempre con vista al reconocimiento, la admiración y la adulación."Deseo excesivo de mostrar las propias cualidades y ser reconocido y alabado por los demás". Así define, precisamente, el diccionario a la vanidad. El vanidoso sería aquel que se preocupa todo el tiempo por el "qué dirán", que concede un valor superlativo a la opinión de los otros.Ahora bien, ¿no es importante la propia valía en la constitución de la personalidad? En este punto, algunos piensan que no hay que confundir orgullo con vanidad.Mientras el orgullo sería una convicción adquirida de nuestro valor propio, la estima procedente del interior de uno mismo; la vanidad, en cambio, sería la tendencia a adquirir esa estima del exterior, con la secreta esperanza de poder apropiárnosla.Vivir constantemente bajo la mirada de los demás, esperando su reconocimiento, es hacer depender la felicidad del cerebro de los otros. Pero mendigar la aprobación de éstos, para fundar sobre ella la opinión de uno mismo, puede ser fuente de infelicidad.Arthur Schopenhauer tenía un remedio contra la vanidad (a la cual definía como una "superstición universal"). Aconsejaba pensar por un momento en lo estúpido que supone hacer consistir la felicidad en la futilidad y superficialidad de la opinión humana."A medida que aprendemos por experiencia con qué desprecio se habla en ciertas ocasiones de cada uno de nosotros, cuando se cree que no lo sabremos, y, sobre todo, cuando hayamos oído una vez con qué desdén hablan del hombre más distinguido media docenas de imbéciles", habremos comprendido la lección, escribió."La vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán una vez muertos y enterrados", observó el escritor argentino Ernesto Sabato, al constatar que la "vanagloria" nos sobrevive.La vanidad probablemente sea, por tanto, uno de los móviles más poderosos de la conducta humana. Hay quienes piensan, incluso, que la búsqueda de reconocimiento ajeno es el móvil oculto detrás de los actos de compasión y de solidaridad hacia otros.
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