Violencia y fútbol en la cultura argentina
El nuevo presidente de Independiente Javier Cantero, que viene desafiando a la barra brava de ese club, acaba de sentir en persona el apriete de esos muchachos. "Tengo miedo, no soy loco", se sinceró el directivo.Cantero parece un hombre valiente que expone su pellejo ante los abanderados de la violencia en el fútbol. Se ha propuesto quitarle los privilegios y negocios a la barra del club de Avellaneda -que según declaró está "politizada"- y entonces estalló la guerra.Viene sufriendo amenazas anónimas, de cantitos, en panfletos, en banderas y demás. Horas atrás unos 30 barrabravas, comandados por su líder, irrumpieron en su oficina, burlando todos los controles de seguridad, y le increparon en la cara. Cantero hizo público el episodio porque teme por su vida.Ahora todo el mundo se pregunta hasta cuándo seguirá con esta cruzada contra los barras, mientras directivos de otros clubes, que suelen tener arreglos con ellos, miran para otro lado, al igual que el incombustible Julio Grondona, quien dirige la Asociación del Fútbol Argentino desde hace más de 30 años.El fútbol, como expresión cultural de un país, refleja el talante de su gente. En este caso su acostumbramiento a la ilegalidad, según apunta el intelectual Juan José Sebrelli, para quien los hinchas argentinos son una "variante de la personalidad autoritaria" típica de estas pampas.Pero cabría hacer un distingo: mientras el "hincha" es el aficionado o simpatizante de un determinado club, al que suele alentar a través de cánticos y otras muestras de apoyo en las canchas, el "barrabrava" connota otra cosa distinta.Sería un grupo organizado dentro de la hinchada, con un protagonismo sui generis, que suele generar violencia dentro y fuera del estadio, generalmente en peleas cuerpo a cuerpo, aunque en otras ocasiones a través de armas blancas o de fuego.Esta gente participa en negocios legales e ilegales, incluso la venta de drogas, a menudo con la protección y la complicidad de la policía, los políticos y los ejecutivos de los clubes, según fiscales y otros especialistas que los han estudiado.Se culpa a los barrabravas por muchas de las 257 muertes relacionadas con el fútbol en Argentina desde 1924, casi la mitad de las cuales ocurrieron en los últimos 20 años, de acuerdo con Salvemos al Fútbol, una organización no gubernamental que trabaja para erradicar la violencia en el fútbol. "No nos sentimos seguros dentro de nuestros estadios", señaló Mónica Nizzardo, la presidenta de la organización. "Por eso han dejado de ir las familias", apuntó.Imponer aquí el control sobre hinchas indisciplinados es más complicado que en Inglaterra, cuna del fútbol, donde en una época prevalecían los gestos vandálicos de los hooligans, considerados obreros que buscaban una pelea de fin de semana.El presidente de Independiente se ha lanzado a una cruzada con final incierto, porque aquí los intentos por erradicar la influencia de las barras bravas han fracasado estrepitosamente.El especialista holandés Otto Adang, que vino a asesorar a las autoridades argentinas en el tema, en marzo de 2009, entrevistado por el diario Olé, dio una respuesta que hace pensar que el barrabrava argentino es único en su tipo."La solución europea en Argentina -dijo el especialista- es impracticable. Allá los hooligans estaban concentrados en grupos marginales sin relación con el sistema".Y añadió: "Acá los barras están vinculados al negocio de manera sorprendente. Tienen pases de jugadores, manejan el merchandising en las calles, estacionamientos, venta de drogas y tienen vínculos con el poder político que asombran. Por eso el problema en Argentina es mucho más grave que en el resto del mundo, porque acá hay que cambiar todo el sistema. Mientras eso no ocurra, es naif (ingenuo) pensar en reeducar a los barras o generar un vuelco total desde la educación".
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