Vivir por encima de las posibilidades
Las naciones también sucumben a la pasión malsana de los individuos por el derroche o por querer vivir por encima de sus medios. Hay consenso, al respecto, de que aquí está la clave antropológica de la debacle de Estados Unidos.o
Se suele acusar a los hombres de dinero por su espíritu de economía. Por la estrechez y dureza que conlleva el cuidado del patrimonio. Es común la imputación de avaricia en este caso.
Las generaciones más recientes, que no debieron trabajar duro para hacer fortuna, han sido proclives ha calumniar a sus padres y abuelos, por su actitud conservadora ante el dinero.
De hecho el ahorro, que antes era considerado una virtud, fue visto como algo vergonzoso, una práctica egoísta. En realidad, detrás de toda esta crítica se esconde en muchos casos el deseo de malgastar lo más posible.
Se esconde la actitud de aquel que, regalado económicamente, sin necesidad de tener que hacerse patrimonialmente, se cree con derecho de gozar de la herencia recibida.
Es el caso del que dice despreciar al dinero porque lo tiene, y lo puede gastar con liberalidad. Porque desconoce la disciplina y la responsabilidad que va unida a su adquisición y conservación.
Alguien ha dicho por ahí, con buen tino, que “hay menos materialismo en el avaro que ‘prevé’ que en el pródigo que se come su fortuna antes de tiempo”. Es decir, vale más la exagerada actitud de apego al patrimonio que el derroche insensato.
Pues bien, parece que los norteamericanos han olvidado la cultura previsora de sus mayores y han caído en el delirio del consumo que ha hecho que se apilen las deudas a un nivel insostenible.
En el fondo, han querido vivir por encima de sus posibilidades. Esta es la raíz antropológica de la debacle de la primera potencia del mundo (también la de otros países centrales), cuyos efectos impactan en todo el mundo.
Lo ha reconocido horas atrás el flamante presidente Barack Obama, en mensaje al país: “Si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que por muchos tiempo no hemos actuado responsablemente”.
“Nuestra economía no cayó de la noche a la mañana”, dijo el mandatario tras declarar que “nos hemos hundido en una deuda enorme que cada año se iba apilando”.
Los norteamericanos han gastado más de lo que necesitaban o de lo que se podían permitir. Los individuos, las familias y el propio Estado han vivido de prestado durante décadas, para mantener un elevadísimo estilo de vida.
El ciudadano medio, para financiar sus compras, se ha endeudado con los bancos, cuyo negocio es vender dinero. Estas instituciones financieras han fomentado entre los estadounidenses la cultura del crédito para un consumo ilimitado.
La sociedad norteamericana no veía –o no quería ver- el desmadre de su economía, a causa del derroche imparable: endeudamiento galopante, enorme déficit de cuenta corriente y persistente déficit fiscal.
Antes de que estallase la burbuja, o se derrumbase la prosperidad ficticia de las últimas décadas, Estados Unidos mostraba el síndrome típico de algún país periférico y subdesarrollado.
Pero nadie quería ver estos desequilibrios abismales. Nadie quería ver que la potencia económica más grande del mundo venía chupando permanentemente del ahorro del resto del mundo a fin de sostener su gasto excesivo.
La debacle norteamericana debiera dejar una lección global al resto de los países. Esa lección consiste en que se no se puede vivir por encima de las posibilidades.
Probablemente el mundo rico ajuste, tras la hecatombe, su estilo de vida. ¿Pasará por aquí, por la cultura, los cambios a la economía mundial que se avecinan?
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