Vivir más años tiene sus bemoles
La pretensión de prolongar la vida el mayor tiempo posible ha sido una constante humana, y los éxitos alcanzados por la ciencia y la higiene en este sentido han sido extraordinarios. La "esperanza de vida", según la fórmula consagrada, ha venido creciendo. La duración media de la existencia aumenta cada año, y esto se considera un logro civilizatorio.Si a principios del siglo XIV lo normal era vivir en torno a 40 años, ahora lo normal es vivir en torno a 80. Sin embargo, la prolongación de la vida no está exenta de contradicciones.Porque esa vida se desvaloriza a medida que se alarga. La contracara del proceso es el desgaste físico y las incomodidades de la vejez.Varios estudios sociológicos advierten que el anciano, vestigio de un tiempo pasado, ya no tiene carta de ciudadanía en un contexto cultural que sobreestima los valores juveniles.Se escribe mucho, al respecto, del ostracismo social de las personas mayores y hay informes que denuncian una suerte de "segregación cronológica", aludiendo a la discriminación de que es objeto esta población.Por otra parte el hecho de vivir más años supone, como sostienen los médicos, convivir con más enfermedades. Desde el punto de vista físico, se potencian ciertas dolencias.Por ejemplo la diabetes, que detona por la alteración del metabolismo y la incapacidad del organismo de procesar la glucosa en la sangre. Las enfermedades cardiovasculares, por otro lado, son un padecimiento frecuente después de los 40 años.Desde el punto de vista psíquico, con los años viene la disminución y después el paro de la actividad profesional. Y esto trae aparejada cierta incapacidad para participar en actividades sociales que antes se disfrutaban, lo que acarrea una pérdida en el bienestar emocional.A todo esto, los investigadores sospechan que puede existir una relación estrecha entre la tercera edad y la aparición de la depresión y la enfermedad de Alzheimer.En tanto la expansión del cáncer, una de las enfermedades más mortíferas de hoy, tiene una evidente relación con el hecho de que la vida se alargó. Esta dolencia acompañó siempre al hombre.Según el oncólogo Elmer Huerta, autor del libro "Confrontando el cáncer", se han encontrado momias peruanas y egipcias con esta enfermedad. Sin embargo, al parecer eran casos raros ya que el hombre antiguo no llegaba a la edad en que se contrae normalmente.A muchos de ellos los devoraban las fieras, otros muchos morían durante las guerras, o sucumbían a causa de infecciones que no conocemos en la actualidad.Es decir, las personas de la antigüedad morían antes de que se les desarrollara algún tipo de cáncer, que es visto como una enfermedad que se da mayormente en personas de edad mediana y avanzada.Para el profesor Davif Zaridze, del Centro de Investigación de Cáncer de Rusia, a principios del siglo XX, período en que la duración de la vida rondaba entre los 40 y 50 años, los tumores malignos eran un fenómeno acotado.Hay otros cambios que introduce el aumento de la esperanza de vida. Uno no menor tiene que ver con las rupturas matrimoniales, las cuales suelen coincidir con la llamada crisis de la mitad de le vida.La ruptura del ideal del "amor eterno" estaría vinculada, efectivamente, al hecho de que se vive más tiempo. La convivencia de las parejas se deteriora con el paso de los años. La perspectiva de que hay vida después de los 50 años, incitaría a muchas de ellas a barajar y dar de nuevo en las relaciones.
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