Volverse ecléctico ante el mal del fanatismo
Aunque objetivamente vivimos en un tiempo de intercambio y mudanzas culturales, que nos obliga a ser moderado en nuestras opiniones, el fanatismo, con su carga de dogmático sectarismo, siempre cosecha adherentes.
El fanático, según el escritor israelí Amos Oz, es peligroso en la medida que sobrevalora su ideología y está dispuesto a imponerla a los otros, aunque sea a sangre y fuego.
Este sujeto no encuentra otra verdad ni realidad fuera de la suya (narcisismo ideológico), y esa ceguera lo lleva a desconocer la existencia de personas que piensan y sienten distinto.
El fanatismo está en la base de todos los totalitarismos políticos, en los cuales el Estado se cree dueño de la verdad y la impone a los individuos so pena de excomunión y cárcel.
Voltaire decía que "cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es incurable", porque es corrosivo y enemigo de la libertad. En tanto que para Oz es una especie de "gen del mal".
Una vacuna contra el fanatismo es el eclecticismo, que más que un pensamiento es una posición que, sin objetar a priori cosa alguna, las analiza y contempla, las compara y relaciona, a fin de buscar las mejores.
El pensamiento humano, en general, ha avanzado gracias a esta combinación de diferentes corrientes y principios. Los grandes creadores de la humanidad han sido eclécticos, porque han pensado sobre la base del conocimiento ajeno, el cual han reelaborado.
La persona que practica el eclecticismo en una disciplina o actividad tiene una actitud abierta hacia todo lo que se produce fuera de su propio entorno, con ánimo de aprovechar la riqueza que hay allí.
La palabra ecléctico viene del griego eklektikos, que quiere decir "el que elige". En las propuestas eclécticas se elige precisamente la fusión de realidades distintas, procurando la simbiosis de planteamientos aparentemente contrarios.
El eclecticismo es un enfoque conceptual que no se fija rígidamente a un paradigma o un conjunto de supuestos, sino que parte de la premisa de que las respuestas dadas resultan siempre insuficientes, a la espera de otra más completa.
El ecléctico acepta la complejidad, al decir de Edgar Morin, el filósofo y sociólogo que se ha hecho célebre en el mundo intelectual al llamar la atención sobre la fragmentación cognitiva de nuestra época.
Porque sabe que no es "dueño de la verdad", y se muestra indigente ante el saber que lo supera, el ecléctico está dispuesto a aprender de los otros (que acaso sepan más que él) y es receptivo a las opiniones contrarias a las suyas, tratando de ver en ellas su "parte" de verdad.
En contraposición, el fanático es persona de una sola idea, alguien que hace de la parte el todo (de ahí su sectarismo), repugna del pluralismo cognitivo (no acepta que otros puedan saber más), y está dispuesto a practicar la violencia simbólica contra los que no piensan como él.
El fanático rechaza el eclecticismo, al que sataniza como una postura vacilante, indefinida y carente de compromiso. El ecléctico, para el fanático, es un tibio falto de convicciones.
Según el politólogo Rodrigo Borja, el eclecticismo en política es "la tendencia a prescindir de los planteamientos extremos, la moderación de juicio, la búsqueda de caminos intermedios y la conciliación de afirmaciones contrarias".
La globalización cultural e informativa, por lo demás, es consistente con la apertura mental del eclecticismo, siempre flexible a lo diverso y a los cambios de todo tipo.
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