Vuelve la obsesión por cambios constitucionales
Mientras el kirchnerismo fogonea una reforma de la Constitución para rehabilitar una nueva reelección de Cristina Kirchner (en 2015), el juez de la Corte Eugenio Zaffaroni hace lo propio con el sistema parlamentarista.El grupo gobernante va por la "re-re", como Carlos Menem en el pasado. ¿Acaso está convencido que es el único capacitado para gobernar el país, o simplemente quiere mantenerse atornillado al poder eternamente?A esta altura de los eventos, preguntarse por las intenciones es una especulación que puede sonar un tanto baladí. Lo concreto es que el experimento -hacer posible que el "cristinismo" gobierne hasta 2019- implica volver a reformar la Carta Magna.Al menemismo también le picaron en su momento las ansias de perpetuarse. También en los '90 se trataba de defender el "modelo" -fruto de la convertibilidad-.El mentado Pacto de Olivos dio pie a la reforma de la Constitución de 1994. Aquel pacto entre Menem y Alfonsín fue sintetizado en el Núcleo de Coincidencias Básicas (NCB) en el cual se consagraba la reelección presidencial.Por entonces Cristina Kirchner integró la comisión redactora del NCB. La historia cuenta que Néstor Kirchner apoyó la cláusula que permitía la reelección de Menem, porque con ese antecedente se facilitaba la reforma de la Constitución de Santa Cruz y se destrababa su reelección indefinida como gobernador.El 8 de junio de 1994, según la página 985 del diario de sesiones, Kirchner y su mujer votaron afirmativamente el reglamento de la convención que preveía tratar el NCB como un paquete cerrado.El intento de Menem de presentarse en 1998 como candidato a un nuevo mandato, a pesar de que la Constitución no lo permitía, se frustró. Pero ahora al kirchnerismo querría lograr lo que Menem quiso, pero no pudo.A todo esto, el juez Eugenio Raúl Zaffaroni, volvió a atribuir todos los males argentinos al sistema presidencialista, dominado por la lógica perversa según el cual "el que gana se lleva todo por un voto; y el otro trata de hacer que no gobierne".Zaffaroni auspicia un sistema parlamentario, como el que existe en Europa. Con este diseño institucional, según cree, se tiende a atemperar el poder del líder supremo y se evita la concentración de poder.No hace mucho Eduardo Duhalde se fue a Italia a preguntarle al veterano cientista político florentino Giovanni Sartori si era posible el parlamentarismo en ArgentinaEl italiano le respondió que un sistema político debe ser reflejo de la idiosincrasia de un país. Es decir, es un problema de cultura.Sartori ilustró así su pensamiento: "El sistema inglés funciona muy bien por las costumbres de la Constitución que son respetadas: llegan al punto de que si la mayoría de gobierno tiene dos diputados más, y éstos dos se engripan, el partido de gobierno llama por teléfono a la oposición para avisarles y la oposición hace retirar a dos de sus diputados. Con estas reglas, y si uno es tan correcto, el sistema funciona perfectamente".Es decir: el modo de gobernar de los ingleses no es algo arbitrario ni artificial, sino que empalma con la cultura política de las islas.El parlamentarismo sería un producto sofisticado de un estado de evolución política que nuestros países, acostumbrados al presidencialismo (quizá herencia española), no tienen.Sartori nos advierte, así, de la superchería consistente en creer que las formas jurídicas, como pócimas mágicas, pueden arreglar algo que tiene naturaleza ético-cultural.Por otro lado, es paradójico que en Argentina, donde no se respetan las leyes, haya compulsión por los cambios constitucionales.
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