Editorial |

Yoga, para aliviar los males urbanos

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Hoy se celebra el Día Internacional del Yoga, una práctica milenaria de la cultura hindú que se ha extendido en forma extraordinaria en la Argentina y en el mundo.

Estos ejercicios gimnásticos, que nacieron en el valle del Indo hace unos 5.000 años como parte de una mística oriental, han sido adoptados en todo el planeta por sus beneficios para la salud psicofísica.

En reconocimiento por esto, en 2014 las Naciones Unidas (ONU) proclamaron el 21 de junio como el día internacional de esta práctica que aparece aliviando los males urbanos.

En Argentina, el yoga es furor. Se cree que existen más de trescientos centros donde se lo enseña. Además se dictan clases en hospitales, cárceles, geriátricos, clubes, escuelas, cooperativas y, por supuesto, en institutos privados.

En el mundo occidental el término yoga se emplea preferentemente para designar ciertos métodos naturistas de relajación, en un contexto donde la vida se ha hecho más estresante.

El estilo de vida contemporáneo produce una ruptura entre el cuerpo y la psique, y uno de los cometidos del yoga es restablecer ese equilibrio a través de ejercicios naturales.

El término yoga viene del sánscrito (lengua clásica de la India) y significa “reunión”, “unión”. Se trata, así, de una práctica “orientada a la unión del cuerpo y la mente”.

El yoga, en la religiosidad hindú, implica además un encuentro con la naturaleza en general. Y esto empalma con la concepción hinduista según la cual la realidad última es un ser único, de carácter cósmico y divino, del cual proviene todo.

En las religiones nacidas a orillas del Ganges el hombre es parte de ese todo, del cosmos, y no sólo en lo que se refiere a la materialidad de su cuerpo sino también a la espiritualidad de su psiquis.

Pero hay que distinguir aquí dos aspectos: por un lado, el conjunto de técnicas psicofísicas que apuntan al equilibrio del cuerpo y la mente; y por otro, la doctrina filosófico-religiosa de los textos de los maestros hindúes.

El primer aspecto prescinde de cualquier interferencia religiosa, y puede ser practicado por todos. Nada impide, por tanto, que pueda ser practicado por ejemplo por cristianos.

Eso sostenía el sacerdote jesuita Ismael Quiles, uno de los difusores del yoga en Argentina. Este doctor en filosofía viajó por Oriente y se dedicó a estudiar el budismo y el hinduismo.

En 1967 fundó la Escuela de Estudios Orientales en la Universidad del Salvador de Buenos Aires, y en 1974 el Curso Superior de Yoga, como extensión universitaria para preparar instructores.

Su finalidad principal fue la de responder a las inquietudes y objeciones de muchos católicos que consideraban el yoga como incompatible con su fe.

Ismael Quiles consideraba que esta práctica milenaria es compatible con todos los credos, si se la asimila como un método natural de relajación y de mejora del bienestar psicofísico.

La mayoría del público que concurre a los centros de yoga, de hecho, lo hace porque la adopción de posturas especiales y ejercicios respiratorios le permite “vivir mejor”.

Aunque también hay quienes ven en esta práctica no sólo la posibilidad de “sentirse bien” sino una búsqueda introspectiva de índole espiritual. En este último sentido, el yoga es un elemento de la teología oriental.

El orientalismo representa un fenómeno cultural en alza en los centros urbanos, que algunos asimilan a la llamada “New Age” (Nueva Era), una espiritualidad que crece al calor de la crisis que afecta a las religiones tradicionales.

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