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Apostar por la paz y la institucionalidad

Argentina transita días de alta tensión electoral en un contexto enrarecido por perturbadores fenómenos de inaudita violencia regional, que parecen producir contagio local.

Sería importante que los candidatos a presidente se manifestaran en forma terminante sobre la importancia de que toda manifestación callejera se inscriba dentro de la ley, sin alterar la convivencia entre los argentinos.

Cada tanto en estas pampas llegamos a dudar si la paz es posible, ante la irrupción de fuerzas y tendencias disociales o antisociales que amenazan con romper el contrato social.

Está bien que se ejerza el derecho de protestar y de expresar libremente la disidencia, pero siempre y cuando la disconformidad se canalice pacíficamente dentro de la institucionalidad democrática.

Es decir, que grupos sociales y políticos expresen libremente su opinión en la calle, forma parte de la vida en democracia, cuya esencia justamente reside en el disenso.

Pero esta libertad de expresión debe darse sin ruptura de la legalidad, sin violentar la ley, cuyo imperio garantiza la convivencia social y evita que rija la ley de la selva.

Por otro lado, la democracia es un régimen que fue inventado para que la disputa por el poder –un momento de máxima tensión social y política- se realice de forma incruenta a través de elecciones limpias.

“Se vive en democracia cuando existen instituciones que permiten cambiar de gobierno sin recurrir a la violencia, es decir, sin llegar a la supresión física del oponente”, escribió al respecto el filósofo Karl Popper.

En tanto el pensador español José Ortega y Gasset sostuvo que el uso de la fuerza y de la acción directa está en las antípodas de la civilización.

“Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es la tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempo de desparramiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles”, destacó.

No hay convivencia en paz sin imperio de la ley. Cuando se desafía esta premisa hay que esperar lo peor. Y de hecho la historia argentina, y también la de otros países, revela que cuando se salta la legalidad, la realidad prepara su venganza.

El desprecio hacia las normas sociales, hacia aquellos principios que son la base del Estado de Derecho, finalmente se pagan con desbordes sociales incontrolables.

Quizá ésa sea la moraleja contemporánea de Argentina, un país cuya nota distintiva es la “anomia”, término acuñado por la sociología clásica para significar ausencia de normas para regular la vida social.

En el “Malestar en la Cultura”, Sigmund Freud postula justamente que la conquista de la civilización y la paz se hace al precio de renunciar a la agresividad de las pulsiones.

“A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si –y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanada del instinto de agresión y de autodestrucción”, se lee en ese escrito de 1930.

Todo hace presumir, en suma, que no basta con querer la concordia humana, sino que debe conquistarse con gran esfuerzo. De hecho la paz se ha convertido en un derecho clave dentro de la dinámica social contemporánea.

Dentro de los llamados derechos humanos de tercera generación, la paz figura como una de las grandes aspiraciones de los pueblos sacudidos por miles de formas de violencia.

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