Opinion | Gualeguaychú | Luis Castillo

¡Cerrame la 8!

Un nuevo año llega a su fin. Uno más, uno menos, según el optimismo o pesimismo de quien reflexiona. Pero, ajeno a estas nimiedades, igual llega.

Hacia 1952, el escritor irlandés Samuel Beckett , quien recibiría años más tarde el premio Nobel de Literatura, escribió una obra de teatro —teatro del absurdo, se le denominó a su creación— que él denominó: Esperando a Godot. En dicha obra (de la cual ya hablamos en alguna otra columna pero por razones en un todo distintas a las que me inspiran hoy) dos vagabundos esperan en vano a un tal Godot de quien ni siquiera se conoce si este existe o si acudirá a esa cita. La única certeza es la que les transmite un eventual mensajero, un niño que les dice que: “aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde", lo que se repite día tras día. Godot no llega, por lo tanto Vladimiro y Estragón, dos de los personajes centrales, se ven en la necesidad de optar entre la desesperación, la renuncia y la espera indefinida. Se deciden por esta última. Sin moverse, dicen en la escena final: "¿Qué, nos vamos?-Vamos". Acuerdan. Y quedan inmóviles.

El año que muchos recordaremos de un modo particularmente diferente está llegando a su fin. Para estos días, habitualmente, mucha gente comenzaba una especie de improvisado y breve balance de su año por concluir y, no en pocos casos, delineaba los proyectos, anhelos o expectativas para el siguiente.

Muchas de las escenas que vivimos este año que está terminando ya la habíamos visto —merced a la imaginación de los guionistas y escritores— reflejadas o anticipadas (como a usted más le guste) en numerosas películas —la mayoría de ellas, justo es decirlo, pertenecientes a lo que se denomina clase B— en donde el final feliz nos permitía salir del cine o de nuestro cuarto con cierta sensación de alivio que solo lo da la lejanía temporal o fáctica del relato observado. Si no, obsérvese que uno de los títulos clásicos del género ciencia ficción El bacilo de Satán, del año 1965, narraba lo sucedido tras el robo, por parte de un científico loco claro, de un letal virus que atesoraba el gobierno. El loco era el científico que temía que se usara con fines bélicos el virus, obviamente. Desde entonces, decenas de películas y libros vienen intentando advertirnos sobre los riegos de no cuidar el planeta y destruir el delicado equilibrio ecológico, lo cual incluye desde pruebas nucleares (como las que crearon a Godzilla), guerras bacteriológicas, agroquímicos, plásticos por doquier, chatarra electrónica y muchísimos tipos de basura más que conocemos o ignoramos pero no por eso dejamos de consumir, voluntaria o involuntariamente, día tras día, en la utópica búsqueda de la felicidad. Porque no nos olvidemos que somos la única raza que habita este planeta que, no conforme con su hábitat, lo destruye para mejorarlo. Mejorar es dominar, naturalmente. Domino el clima, domino el agua, domino el aire, domino la naturaleza y después invento a Ícaro para justificar mi inconsciencia.

Pero volvamos al momento del balance. De la planificación —no sé si vale la pena aclarar que en general se encuentra más ligada a lo mágico que al esfuerzo personal— del siguiente año. Al momento en que mientras esperamos la última de las doce campanadas (que ya no lo son ya que Crónica TV interrumpe su ya clásico recital cuartetero para hacer el conteo de los últimos segundos del año que se va) alguien seguramente propondrá, vaso o copa en alto, “brindar por algo”. Y acá es donde quizás la galería de frases hechas se enriquezca con algunas ligadas a la vacuna (o las vacunas, lo que podría significar el inicio de discusiones ideológicas disfrazadas de cientificismo y por gente que sabe tanto de ARNm y epítopes como de física cuántica o manchas solares, es decir, nada), al apocalipsis, al nihilismo (expresado de un modo más mundano, claro) o simplemente, de uno u otro modo, nos disfracemos -sin saberlo, naturalmente-, de Vladimir o de Estragón y sigamos esperando a Godot.

Este año que se termina y que se va cargado de insultos, maldiciones y, más que nada, de frustraciones personales que nada tienen que ver ni con el año ni con la pandemia, no hace sino ponernos, una vez más ,como cada año que termina y otro que se inicia, frente a lo más temido de nuestra existencia: el espejo. Mirarnos a nosotros mismos a los ojos y decirnos —no digo ya prometernos, que entre nosotros hay confianza— qué es lo que queremos para el año próximo, qué estamos dispuestos a hacer o dejar de hacer, a tomar o a abandonar, a sacrificar, a postergar o a aceptar como un imposible y sacarlo finalmente de la lista de anhelos inútiles.

Esta pandemia y su consecuente y temida cuarentena nos enfrentó a nuestros fantasmas durante un extenso, demasiado extenso año, en donde convivimos en modo pausa o —en el mejor de los casos, lento— con nuestras miserias, nuestras frustraciones, viendo y viviendo lo mejor de cada uno pero también siendo testigos de lo peor que teníamos escondido, muy bien escondido por el vértigo de la cotidianeidad.

No va a ser fácil hacer este año ese balance. Quizás nos deje en claro que ni siquiera haga falta hacerlo. Que nunca hizo falta. Que no hace falta recibir a ese niño que tal vez sea nuestro propio niño para que nos repita como cada fin de año, no frente a todos los comensales sino frente a nosotros mismos: “aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde".

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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