Opinion | Covid-19 | Luis Castillo

Cuando ya no viene el ratón Pérez

El dolor ante lo desconocido y el horror ante las primeras pérdidas, solía contrarrestarse con la imagen de ese ratón que nos dejaba unas monedas a cambio de nuestro diente. De nuestra ilusión.

Como una metáfora de la resiliencia, de la esperanza, de un renacer, nuestras infancias se alimentaron de ese curioso mito que lograba en su fantasía exorcizar nuestros dolores y nos daba fuerzas para enfrentar nuevos retos que solo iban llegando con los años. Y es que ser niños o niñas no es, en definitiva, sino lograr ser cómplices de nuestras fantasías y creer que con solo desear algo con fuerza es suficiente como para que ese algo, por más extraordinario que fuera, suceda.

A principios del año pasado, el mundo se encontró frente a una pandemia. Una circunstancia que parecía recordarnos que –aunque muchos se empeñen en negarlo− éramos todos iguales. El universo o como quiera llamárselo nos daba una nueva oportunidad de unirnos, cada hombre y mujer de este mundo, para enfrentar a un enemigo en común ya que, de no hacerlo, seguramente acabaría con todos.

Como si de una película de ficción se tratase, si hubo un sentimiento que podría haber descripto esos primeros meses de 2020 fue el de solidaridad. Aislados pero más juntos que nunca. Nuestros corazones latían al unísono apoyando al personal de salud que se jugaba la vida en la primera línea de combate. Alentábamos fervorosamente a nuestros científicos que iniciaban una frenética carrera contra el tiempo en la búsqueda de una vacuna que diera fin a este mal sueño. Todos juntos.

Paradójicamente, la cuarentena mundial nos hacía sentir más unidos que nunca, viendo cómo el planeta respiraba mientras descansaba de nosotros, sus depredadores naturales y los animalitos silvestres se paseaban sin temor a ser cazados por las solitarias calles asfaltadas de los pueblos. Las melodías más hermosas cruzaban los balcones. Pero…

Antes de escribir esta columna miraba "BOUNCING BACK", un documental que reunió a una decena de expertos para una reflexión política acerca de cómo saldremos de esta pandemia. Ninguno se arriesga a ofrecer soluciones, solo visiones. Entre ellas, escucho la de Robert Malley -quien dirigía la organización sin fines de lucro de resolución de conflictos International Crisis Group, y acaba de asumir para manejar las relaciones bilaterales entre EEUU e Irán-: “la pandemia ha acelerado la división entre dos visiones del mundo, una basada en el multilateralismo y la cooperación, y otra más basada en cerrar fronteras, protegerse del exterior, proteger la propia soberanía”.

Aclaremos un poco más; Federica Mogherini -Rectora del College of Europe− expresa su visión claramente cuando dice que “al principio se hablaba de cooperación, pero enseguida se pasó a una narrativa de lucha de poder e incluso de competición sobre las vacunas. Las diferencias se van a hacer más graves”.

Sin ninguna duda ya que “Probablemente sería mejor que se vacune a la población sensible de todo el mundo que a los países de renta baja o de renta alta” asegura Pol Morillas “pero esa disfuncionalidad, y esa desigualdad gigantesca se está viendo ahora mismo con la polémica de las vacunas en Europa y con el acceso a ellas, limitadísimo, por no decir prácticamente inexistente, de los países que se ha dado en llamar de renta baja. Las vacunas que se distribuirán a través del sistema Covax de la Organización Mundial de la salud para los países con escasos recursos alcanzarán a solo el 3,3% de la población total en 145 estados.”

La vacuna contra la COVID-19, que hasta hace unos pocos meses era una promesa de salvación para todos, en pocas semanas se ha convertido en el símbolo más contundente de la desigualdad y las miserias humanas. Hoy, podemos ver que el mapa que puede dibujarse a partir de las vacunas compradas y administradas en todo el planeta se parece mucho al mapa de la distribución de la riqueza.

Un silencio a voces, al principio de la pandemia, nos susurraba que, pese a su supuesta universalidad, la COVID-19 afectaba más a quienes menos tienen. A los más vulnerables. Ahora vemos, con rabia e impotencia, que las vacunas no llegarán a todos los rincones del mundo en 2021. Quizás tampoco en 2022. Ni en 2023.

A medida que nos vamos despertando del sueño, vemos que la industria farmacéutica mundial está funcionando como siempre: las vacunas tienen patentes y no son consideradas bienes públicos globales. Patrimonio de la humanidad, diría si se me permite. Los países más ricos, en donde vive un 14 % de la población mundial, compraron el 99.3% de los 27,2 millones de dosis de la vacuna de Pfizer entregadas hasta ahora. Canadá, por solo tomar un ejemplo, compró cinco veces la cantidad de vacunas según su población.

Y es que, al no existir un sistema global de distribución de las vacunas, cada país debe negociar por su cuenta con las farmacéuticas y, en este caso, ya sabemos quién lleva las de ganar. No es lo mismo para estas multinacionales discutir -por decirlo de algún modo- con Israel que con Honduras, con Finlandia o con El Salvador.

La brecha en el acceso a las vacunas es uno de los principales obstáculos para la inmunización global. Y eso es algo que nos afectará a todos ya que, como vimos, este mundo es demasiado pequeño para salvarse solos.

No sé por qué todo esto me trajo la imagen de aquellos niños o niñas -esos que alguna vez fuimos todos- en algún lugar del mundo, de mirar a la mañana siguiente debajo de su almohada y no encontrar más que un pedazo de diente con restos de sangre y la ilusión hecha pedazos.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos.

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