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Educación pública. . . ¿para todos?

A partir de una emotiva carta que se expandió rápidamente en redes sociales y la Web, que un joven de Bahía Blanca escribió el día que se recibió de Licenciado en la Universidad Pública, aclarando que él había llegado hasta allí gracias a todo lo que le había tocado transitar y el sacrificio de sus padres, siendo ésta una historia común a muchos jóvenes argentinos, me surgieron algunas reflexiones con respecto a la educación pública en nuestro país.

Julio Zarra

Esta es la carta: "Soy la bolsa de pan con mermelada que me daban las porteras al terminar la escuela para que me lleve a mi casa. Soy el club de barrio que me permitió entrenar básquet durante 11 años sin cobrarme cuota social y pagándome el transporte para pueda ir a los partidos. También soy los botines de fútbol 5 que usaba de niño para jugar al básquet por no tener otras zapatillas. Soy ropa prestada de mis amigos para salir a bailar. Soy las actividades que hicieron mis compañeros del secundario para pagarme el viaje de egresados. Soy el bullying que sufrí en a la adolescencia por tener la piel más oscura que el resto. Soy los 30 kilómetros en bicicleta que hacia mi viejo todos los días para ir a dos trabajos por migajas de pan. Soy el dolor de espalda que hoy siente por las noches por tener que seguir laburando a pesar de su hernia de disco, soy también sus calambres. Soy los inventos de mi mamá para que un arroz blanco sea el plato más delicioso del mundo. Soy la preocupación de ella cuando de pibe llegaba tarde a casa, y también su ocupación para que yo siga estudiando a medida que fui creciendo. Soy el hambre que pasaron muchas veces los dos, para que yo y mis hermanos comiéramos la poca comida que había. Soy la beca que me dio la oportunidad de ir a la Universidad. Soy carpetas prestadas. Soy el tiempo que me regalaron mis amigos preparándome para que llegue bien a un examen. Soy horas en la sala de lectura. Soy un machete que hizo que mucha gente me prejuzgue. Soy quienes me buchonearon antes de advertirme que no lo haga. Soy mis uñas comidas por el miedo y la ansiedad de no llegar a terminar la carrera. Soy el daño que les provoque a personas que me han querido incondicionalmente. Para hoy ser "licenciado”, primero tuve que ser todas las otras cosas. Por eso hoy disfruto mucho serlo, porque es muy difícil llegar, y porque a mí particularmente me ha costado un montón. Que venga lo que sea, porque estoy preparado".

Y ahora me pregunto

¿Cuántos millones de pesos le cuesta al Estado argentino la carrera de un universitario? Pagada con el esfuerzo de todos los ciudadanos que pagan sus impuestos, porque los que podrían pagar los impuestos sin esfuerzo, son justamente (o injustamente) los que no lo hacen. ¿Cuánto esfuerzo argentino va a parar a las arcas de las universidades públicas, para costear la carrera y brindarles una oportunidad a los jóvenes sin recursos económicos? Con que orgullo el pueblo argentino podría decir: este año le hemos pagado la carrera universitaria a tantos estudiantes argentinos. El problema es que en la UBA y en la UNLP ya casi no quedan alumnos argentinos. Entonces el orgullo pareciera transformarse en otra cosa. Y si pensara que en vez de comprarme un pullover o cambiar mis viejos zapatos ajados y despegados, ese dinero lo usé para pagar los impuestos descomunalmente elevados y desproporcionadamente desfasados de mis ingresos, ya no siento orgullo. ¿Y saben por qué? Porque sé que lo que estoy haciendo es pagarle la carrera entera a un oportunista joven de otro país, de otra cultura, de otro contexto social y económico, que además viene a estudiar gratuitamente desde un país que paradójicamente tiene una economía más estable, sólida y superior a la nuestra, como la de todos los países latinoamericanos, a excepción de Venezuela. Así nuestra universidad pública está infectada (que fea palabra, mejor digamos está superpoblada) de alumnos extranjeros, "hermanos latinoamericanos". Y así se recibirá de médico, acá, con el producto de nuestro esfuerzo, un joven boliviano, chileno, brasilero, colombiano, ecuatoriano o de cualquier otro país de los que acá son siempre bien recibidos. Luego ese médico boliviano regresará a su país, Bolivia, con su flamante título de "Doctor" y será el mismo médico que nos negará atención médica en su hospital de Bolivia, por ser argentino. Qué paradoja. Ese mismo joven brasilero que por su incapacidad intelectual no logró entrar en la Universidad de San Pablo o el otro que por su falta de recursos económicos no puede ingresar a la Universidad privada para estudiar Medicina, todos esos mismos jóvenes son los que bienvenidos al "granero del mundo", llenan las aulas de las Facultades públicas de Medicina en nuestro país. Y es ese mismo médico, el que nos asistirá si tenemos un problema de salud estando de vacaciones en nuestro país hermano de Brasil, pero detalle no menor: previo pago de importantes sumas de dinero, en el hospital “público” por ser argentinos o extranjeros. Nosotros sí somos extranjeros allá, estando incluso en una situación de minusvalía por enfermedad, pero ellos acá no, porque ocupan el banco de un aula pública, cuyo profesor recibe un sueldo mensual para poder enseñarle el arte de curar y que así se reciba de Médico, acá, en nuestra Argentina, gratis para él, pero no para nosotros, que le pagamos su carrera, a ese joven alumno proveniente de Chile, país de economía modelo y brillante, que nos cobra mucho dinero para ser atendidos en un hospital público de Santiago, por el mismo médico que estudió y se recibió acá, gracias a cada uno de los argentinos que aportamos nuestro esfuerzo al estado. Y a los docentes de las universidades públicas que trasmiten generosamente sus conocimientos. Uno de mis hijos es docente en una Facultad de Medicina de una Universidad pública. Tiene en la comisión de su cátedra a 25 alumnos a cargo y ninguno de ellos es argentino y hasta muchos de ellos ni siquiera saben hablar nuestro idioma y se las rebuscan con un champurreado “portuñol”. Futuros médicos extranjeros con el título otorgado por las Universidades más prestigiosas del país. Que incoherencia. Antes decía “Argentina qué país tan generoso”. Antes, cuando creía que este gobierno cambiaría esta incoherencia y le pondría fin a las puertas definitivamente abiertas para formar profesionales extranjeros que volverán a sus países de origen entrando triunfantes recibidos de Doctores, por la puerta grande, mientras a nosotros, los argentinos que les solventamos sus carreras profesionales, solo nos ofrecen en esos países la puerta chica o directamente nos cierran la puerta en la cara. Antes, cuando creí que el "cambiemos" (al cual adherí y sigo adhiriendo), incluiría la dignidad de reservar nuestra educación pública a los argentinos, como lo es en todos los países del mundo. Que decepción señores del Gobierno, que horrible decepción. ¡¡¡Por eso ahora ya ni cabe la expresión de “qué país generoso”, solo me queda usar la de “qué país pelot…”!!!

*Ex–alumno y ex–docente de la UNLP.

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