Opinion | Gualeguaychú | Luis Castillo | Medios

El hombre (o la mujer) invisible ataca

Un troll es una persona que, cobijada en el anonimato de la Internet, provoca, agrede o descalifica. Tal como lo hiciera el Nazareno —paradójicamente— también son, etimológicamente, pescadores de hombres.

El origen de la palabra es el verbo troll, que hace alusión a una técnica de pesca que consiste en arrastrar lentamente un anzuelo desde un bote en movimiento. El trol (o troll), como ese paciente pescador, lanza su anzuelo de provocación y aguarda, con paciencia y ansiedad, que alguien pique. Que muerda el anzuelo. Que responda con ira, con dolor. Entonces, como si de una macabra danza se tratara, comienza su ritual de pesca, la cual, como sabemos, culmina cuando, quien ha mordido el anzuelo —de un modo u otro— muere. Sin embargo, muchas veces, quien está del otro lado de una conversación a través de las redes puede ser una persona real, con datos verificables y una historia cierta pero…opina diferente. Quizás eso solo ya sea suficiente motivo para que sea vivido como un troll y tratado como tal. O al revés, claro, pero ese no es el tema que estamos compartiendo.

Hace unos 2300 años afirmaba Aristóteles: “Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, ya no resulta tan sencillo.” Esta afirmación nos hace preguntarnos, ¿Cuando discutimos, qué estamos discutiendo? Cuando agredimos, insultamos, golpeamos (de una u otra forma), ¿a quién va dirigida esa carga de ira? No es nuestra intención hacer un análisis psicológico de esto sino apenas interrogarnos acerca de por qué nos cuesta tanto discutir. Por qué nos cuesta tanto, no disentir, sino manifestar adecuadamente ese disenso, expresar nuestras diferencias. Uno debería, previo a iniciar una discusión, tener en claro al menos dos cuestiones: la primera, sin dudas, debe ser el conocimiento; es decir, si vamos a refutar una opinión mínimamente se debería saber lo suficiente respecto del tema en cuestión tanto para poder negar la veracidad de una afirmación determinada como para plantear una opción diferente; y en segundo lugar (last but not least, dirían los anglófonos) la ética. Tan solo conceptualizar la ética sobrepasaría no sólo los límites de este artículo sino, seguramente, los conocimientos del autor, por lo que apenas basándonos en lo que el sentido común conoce como ética, podemos afirmar que ésta se ha dejado de lado en las discusiones —me atrevería a afirmar—, aún más que la necesidad del conocimiento del tema en discusión.

Para incrementar aún más esta Babel, aparecieron los trolls, quienes apelando al anonimato, esa forma de cobardía que nos recuerda el bíblico concepto de tirar la piedra y esconder la mano, destilan su veneno ideológico en las redes. La mayoría de los diarios del mundo nos ofrecen la opción de opinar acerca de los artículos y notas que publican dándonos la maravillosa posibilidad —impensable hasta hace pocos años atrás— de interactuar con un medio de comunicación escrito. Quizás los antecedentes más cercanos a esto fueran las “Cartas al director” en donde las opiniones —quién lo duda— podían y de hecho lo hacían, pasar por un tamiz rayano a la censura. Por lo que, una vez más, desaprovechamos este tipo de oportunidad de expresión para convertirlo en un desagradable bastardeo de las opiniones expresadas tanto por el medio como por algún columnista, atacando a éstos y no discutiendo las ideas expresadas. Y además anónimamente. La consabida falacia de matar al cartero.

En un curioso escrito inconcluso del filósofo alemán Arthur Schopenhauer llamado “Dialéctica erística o el arte de tener razón” y que no es sino un compendio de estratagemas —como él mismo lo denomina—, la última de ellas (la número 38) dice: “Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente”. Aquellos o aquellas que a diario atacan y difaman con tanta ligereza y estulticia como solo pueden darlo la bajeza intelectual y el anonimato, ¿habrán acaso leído a Schopenhauer?

Muchos medios, hartos de tener que censurar (¿corresponderá acá utilizar este término?) lo claramente obsceno u ofensivo, han optado por quitar esta posibilidad de opinar, con lo que se va perdiendo, como mencionábamos antes, la posibilidad de disentir en forma constructiva, de expresar nuestras diferencias y, en definitiva, de transmitir nuestras ideas que —en el mejor de los casos— podrían servir para aclarar, corregir o generar una discusión que pueda ser útil a todos o algunos y no simplemente una forma artera de catarsis que solo busque herir, ofender o —apelando al argot futbolero—, embarrar la cancha.

Sucede algo similar cuando intentamos manifestarnos desde nuestros muros y vemos cómo aparece, mágicamente, la mano invisible de alguien que busca descalificar nuestro escrito, banalizarlo y banalizarnos, agredirlo y agredirnos. Alguien a quien no conocemos (o si, cómo saberlo) pero que parece conocer nuestros puntos débiles, nos ataca con palabras descalificantes, nos segrega, nos calumnia. O, al menos, eso intenta. El señuelo zigzaguea en el agua a la espera de la mordida. Si no mordemos, cambiará la carnada y, con profesional paciencia, volverá a lanzar en el siguiente posteo un nuevo anzuelo. Con el mismo nombre o con otro, eso no importa, ya que no es un nombre, son letras anagramadas. Son anónimos.

El término anónimo proviene del griego ἀνώνυμος: sin nombre; lo que no tiene nombre no existe, de allí la siniestra pretensión de llamar a ciertos muertos: NN —del latín Nomen nescio, sin nombre—, para que ni siquiera existan como muertos, una expresión ya incluida en el “Decreto Nacht und Nebel” de la Alemania nazi.

Qué paradoja que esa inimaginable red de comunicación, que es la internet, esté cada vez más ocupada por gente que no existe.

*Escritor, Médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

Dejá tu comentario