COMUNICACIÓN SOCIAL
Instrucciones para leer las noticias
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El hecho de que las noticias solían darse o conocerse con cierta periodicidad fue lo que hizo que, a algunas formas de comunicación social, se los conociera como periódicos y, a quienes se encargaban de dicha tarea, periodistas.
Luis Castillo* Una noticia es, básicamente, una información. Una información no siempre es noticia. Ambas, en determinados contextos, pueden ser importantes para alguien; a eso lo podemos llamar relevancia. Veamos un ejemplo, que se inicie el cronograma de pagos puede ser de importancia supina para quien cobre en esa modalidad y no así para quien no perciba ese beneficio; por otro lado, leer el prospecto de un medicamento previo a consumirlo nos da información acerca de él pero no es ninguna noticia lo que allí está escrito ni le importa a nadie excepto a quien está leyendo el prospecto. Ambas informaciones pueden ser relevantes o irrelevantes, lo que varía es el contexto. Un diario (o un periódico, o cualquier medio informativo, a los fines de este artículo es indistinto) se edita, básicamente, con una intencionalidad informativa, interpretativa y crítica. Es decir, no se limita a relatar un hecho cualquier, sino que, además, da su interpretación de este y, cuando lo considera oportuno, necesario o conveniente, emite juicios de valor, es decir, hace conocer su punto de vista crítico. Cabe aclarar que utilizo la palabra crítica en cuanto opinión y no en su acepción negativa. Ahora bien, los lectores habituales de esta columna podrán recordar (y a quienes la lean por primera vez les hago saber) que la semana anterior inicié la misma con una expresión que considero antológica de la sinrazón comunicacional como es: “Yo me hago cargo de lo que digo y no de lo que usted entiende” en clara referencia a la importancia del lenguaje en cuanto a su función comunicativa; en este sentido, hace ya tiempo se reformularon los conceptos de mensaje y código como algo común a ambos sino que se hace referencia a dos instancias distintas: la que codifica el mensaje y la que lo decodifica. En definitiva, quien escribe y quien lee no tienen (ni tienen porqué tenerlas) las mismas competencias o capacidades y por lo tanto habrá diferentes interpretaciones. Quien se expresa desde un medio (es extensivo el concepto para la oralidad de las radios o la televisión) no puede desprenderse de lo que se conoce como producción social del mismo; es decir, cada texto, cada editorial, cada opinión manifiesta, lleva tras de sí huellas de producción (al decir de Eliseo Verón) que son huellas de valoración, de interpretación e ideológicas de quien emite sus opiniones y, naturalmente, pueden observarse esas huellas absolutamente relacionadas con las condiciones sociales en que fue escrito. De ahí que, a la función comunicativa del mensaje, debemos agregar la modelizadora de la comunicación social. Es decir, quien comunica a través de los medios modela el mundo según su visión (relacionada obviamente con lo que mencionamos en el parágrafo anterior), quienes comunican seleccionan, jerarquizan y recortan la realidad de un modo tal que tan solo con leer o escuchar un fragmento de una noticia o un editorial podemos discernir con rapidez y facilidad de qué medio se trata. El mismo hecho −ya sea un magnicidio o del resultado de un partido de futbol− nunca, nunca, será titulado ni desarrollado del mismo modo por La Nación o Diario Popular; este concepto lo expresa claramente Ana Atorresi cuando escribe “Los compradores de Crónica, por ejemplo, saben de antemano lo que adquieren, del mismo modo que los lectores de Pagina/ 12 tienen expectativas que el diario ha de conformar independientemente de lo que al mundo le haya ocurrido ser el día anterior (…) cada publicación, por lo tanto, confirma una versión del mundo esperada por cierto sector de la sociedad. Confirma su versión”. Volviendo al emisor y receptor a los que hacíamos mención previamente, creo que podemos ya observar que se trata de una relación asimétrica de poder (poder en cuanto al manejo real o imaginado del conocimiento), es decir, hay un mecanismo de producción de mensajes −que ya analizamos− y un público a quien va dirigido ese mensaje y que es absolutamente distinto en cuanto a educación recibida o impartida, situación social, momento psicológico o psicosocial en que se da la información, etc. Esto, en cierto modo y determinadas circunstancias da la razón a Umberto Eco cuando denomina a los medios de comunicación masiva: “industria pesada” y, según este fantástico semiólogo, la única salida que tenemos ante la hegemonía de la comunicación de masas es aprovechar la libertad de leer los mensajes de modo diferente o, como el mismo lo expresa: “la batalla por la supervivencia del hombre en la era de la comunicación no se gana en el lugar de donde parte la comunicación, sino en el lugar a donde llega (…) discutir el mensaje en su punto de llegada, confrontándolos con los códigos de partida”. Ese es el desafío a la luz de la comunicación actual, leer e interpretar, leer y develar sus efectos de sentido, leer críticamente, leer y confrontar la lectura, incluso aquella que, a prima facie pueda parecernos ingenua o complaciente. Leer a quienes piensan y escriben como nosotros pensamos, leer a quienes piensan y escriben distinto a como nosotros pensamos, leer a aquellos que escriben y ni siquiera piensan, pero escriben. Leer hasta que duela -diría parafraseando a Teresa, la de Calcuta- porque no pocas veces podemos descubrir que ese mundo que nos mostraron, ese mundo en el que creímos, esa realidad que compramos, era producto de una manipulación artera y solapada. No hay peor ciego que el que no quiere ver ni ignorante más peligroso que el que cree aun a sabiendas de que está siendo engañado. *Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos
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