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Opinion | Luis Castillo

No a la censu...

El surgimiento y masificación de las redes sociales hubiera hecho pensar que, finalmente, la libertad de expresión ―como expresión de libertad―dejaba de ser una utopía. ¿Realmente es así?

Hace un tiempo, en una nota que escribí para este mismo medio, la ilustración de esta era una pintura de Alexandre-Marie Colin, pintor francés del siglo XVIII titulada Otelo y Desdémona. En ese lienzo, puede verse a un atribulado Otelo abandonando a su mujer, a quien acaba de matar preso de celos yaciendo sobre el lecho nupcial, en donde, impúdicamente, pueden vérsele las tetas. El artículo fue subido a Facebook y… ¡oh sorpresa!, apenas unas horas después, el hijo pródigo de Zuckerberg, nos comunicaba que la ilustración había sido retirada de las redes por obscena. Una obra de arte hecha en 1829 en la que se pueden ver los senos descubiertos de una mujer muerta, para esta red social era obscena. Tanto como una teta que se muestre al natural durante el natural acto de amamantar, por ejemplo. Y que también suele ser censurada, obviamente.

Ahora bien, la palabra clave en todo esto es: algoritmo. Pero ¿qué es un algoritmo? Esta ―para muchos― nueva palabra, proviene del término latino alborarismus, que significa “cálculo mediante cifras arábigas” es decir que su origen es de las ciencias exactas. ¿Solamente en la matemática o en informática aplica este término? Desde ya que no. Si lo redefinimos como una secuencia lógica de pasos a seguir en la búsqueda de un resultado, vemos que ya Doña Petrona C. de Gandulfo los utilizaba cuando nos decía, por ejemplo, que primero se pone la harina y después los huevos. Y cuántas unidades. Nuestro aprendizaje, podríamos decir, se basa en la generación permanente de nuevos algoritmos que nos hacen recorrer ―involuntariamente― el camino de casa al trabajo o de la cama al living. Nuestro cerebro aprende en forma de mapas conceptuales que no son otra cosa que secuencias de pasos lógicos que repetimos certera y mecánicamente… y que no son otra cosa que algoritmos.

Si nuestro cerebro puede hacerlo, una máquina puede hacerlo por nuestro cerebro. Y es allí donde nace la inteligencia artificial. Redes informáticas que buscan imitar nuestras redes neuronales, a mayor velocidad, con mayor precisión y sin esfuerzo. Después de todo son solo máquinas. Máquinas que manejan redes.

Ingresar a esas redes ―y a la red de redes, la internet― es tan sencillo y seductor para cualquiera de nosotros como para un insecto lo es sobrevolar una telaraña. Y tan peligroso como caer en ella.

Sin dudas, hubo un antes y un después de la internet en la historia de la humanidad, pero, como bien advertía Sófocles: “Nada extraordinario llega a la vida de los mortales separado de la desgracia”. La creación de la web permitió el nacimiento de las redes sociales, las cuales ―cada una a su modo y de acuerdo con su segmento de acción― prometieron y nos prometieron un mundo unido. De forma virtual, pero unido al fin. Un mundo sin límites. Un mundo donde la libertad podía ser tan real como nunca pudimos imaginar. No obstante, como apunta Zakarías Zafra: “La evolución reciente de las plataformas, sin embargo, ha establecido una brecha entre la libertad de expresión clásica y la libertad de postear. El acto material de escribir un post y publicarlo se va alejando cada vez más del ideal de movilizar una conversación pública por medio de las ideas. No es a la participación social a lo que apuntan las redes hoy, sino a una experiencia consumista de contenidos ordenados por la lógica del monopolio privado”. Ah, porque un pequeño detalle que a veces se nos escapa destacar es que las redes sociales tienen dueños. Poderosos dueños capaces de bloquear la cuenta del presidente de la mayor potencia del mundo o de decidir ―algoritmos mediante― si es de buen gusto exhibir una teta en una columna de opinión. Nada escapa a lo que el autor antes mencionado define con sutil agudeza: “la custodia disciplinaria de la inteligencia artificial”.

El moderno panóptico de Bentham vigila y castiga ―diría parafraseando a Foucault― a través de sus algoritmos de control, cuanta interacción suceda en el mundo digital. El algoritmo corporativo no solo controla y censura, sino que, además, modela los gustos e intereses de las personas y, de ese modo, tanto genera una lucha racial como hace surgir de la nada un presidente; puede movilizar multitudes mediante desinformación, mentiras, engaños ―ahora englobadas bajo el neologismo de fake news― como vestirse de nuevo dios y decidir qué es moralmente bueno, qué es ético, qué es obsceno. Qué es violento. Qué es importante, qué nimio, qué valioso, qué vulgar. Refiere Jack Balkin en La libertad de expresión: “la acumulación de utilidades por parte de las plataformas solo puede lograrse al clausurar el ejercicio de las formas de libertad y participación cultural que ellas mismas crearon. En la economía de la información, la libertad de expresarse es un derecho subordinado a la protección de los propietarios de la inversión. Por eso las redes sociales pueden ser masivas, pero jamás públicas”.

Poco a poco voy conociendo las redes, me comentó con entusiasmo alguien hace pocos días, ¿cómo decirle que en realidad las redes lo estaban conociendo a él, la materia prima del mercado tecnológico?; cuando recién surgió la Internet, todas las personas veíamos las mismas páginas y nos asombrábamos ante similares contenidos, hasta que la red empezó a conocernos, a conocer nuestros gustos, nuestras debilidades y, con toda esa información, comenzó a crear nuestro perfil. Ese perfil es lo que somos para el algoritmo, que “sabe lo que nos gusta, nos entretiene, nos divierte, nos brinda información de relevancia para nuestros intereses”. A partir de entonces, ya no elegimos más. Un algoritmo decide por nosotros las noticias que vamos a leer, la película que “Te va a gustar”, la canción que no podés dejar de escuchar o el inútil objeto que no sabías que habías soñado tener toda tu vida y ahora está al alcance de tu mano. O mejor dicho, de tu dedo, clic mediante.

Hoy, tenemos el mundo a nuestros pies ―un mundo virtual, claro― por el solo precio de nuestra libertad. No somos personas, somos consumidores en un mundo en donde la ética comercial no existe porque la inteligencia artificial ―que todo lo conoce―, no conoce el concepto humano de la ética.

En el mundo actual ―y desde siempre, en realidad― quien maneja información maneja poder; y no importa cómo o por qué hemos entregado nuestro bien más preciado, el poder de decidir, a una máquina; pero ¿acaso se hace algún cuestionamiento la mosca antes de caer en la red, extasiada por la melopea de la araña?

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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