Opinion | Luis Castillo

Papá, ¿qué es la corrupción?

Hace pocos días, a una edad en la que yo aún jugaba con autitos rellenos con masilla, una de mis hijas me sorprendió con esta pregunta.

El primer acto de corrupción historiográficamente documentado sucedió en Sumeria -considerada la civilización más antigua del mundo ya que fueron quienes crearon nada menos que la escritura-; una tablilla escrita en cuneiforme relata que un estudiante, al regresar a su casa, cuenta a sus padres que el maestro lo había reprendido y dado unos latigazos —tal como se estilaba entonces— por su impuntualidad y mala escritura; su padre, entonces, invitó a comer al maestro. “Cuando el maestro llegó lo sentaron en un sitio de honor, le ofrecieron vino y como regalo lo vistieron con un traje nuevo y le colocaron un anillo de oro. El maestro, agradecido, se dirigió al alumno diciéndole: “Puesto que no has desdeñado mis palabras... te deseo mucho éxito… has cumplido bien con tus obligaciones escolares y te has transformado en un hombre de bien’”.

Alrededor del año 1760 antes de nuestra era, el rey de Babilonia hizo tallar el más antiguo código legal: el Código de Hammurabi; en él, ya se menciona explícitamente al castigo por actos de corrupción bajo estos términos: “Si un juez ha juzgado una causa, pronunciado sentencia y depositado el documento sellado; si a continuación cambia su decisión y se le prueba que cambió la sentencia que había dictado, el juez pagará hasta 12 veces la cuantía de lo que motivó la causa. Además, públicamente se le hará levantar de su asiento de justicia y no volverá más. Nunca podrá sentarse con los jueces en un proceso”. Esto se escribió, insisto, más de 1700 años antes de Cristo.

La corrupción socava las bases de la sociedad y hace caer imperios; si no, basta con recordar que la gran e inexpugnable muralla China detuvo durante muchísimos años invasiones de todo tipo y, sin embargo, sobornando a los guardias adecuados, se abrieron sus puertas y los mongoles ocuparon Pekín. Sócrates, quizás el más grande filósofo de la antigua Grecia, dudaba “de un sistema social y religioso bajo el cual las culpas se perdonaban, dependiendo de la calidad de las ofrendas llevadas a los dioses; de un sistema que privilegiaba a los poderosos y de la cultura dominante”, por haber denunciado esto y “defendido los principios éticos y políticos contrarios a los grupos de poder”, cuestionado fuertemente al Estado y la religión, se le acusó de corruptor de la juventud. Fue condenado a muerte pero, le ofrecieron la posibilidad de escapar. Coherente hasta el final, prefirió beber la cicuta antes que traicionar sus principios éticos.

Cuando los españoles desembarcaron en América trajeron, entre tantas otras calamidades, la aceitada corrupción europea. Durante gran parte de la época colonial, los puestos públicos —tanto transitorios como vitalicios—, se vendían al mejor postor, permitiéndose inclusive su reventa; tan próspero resultaba esto que se creaban puestos inútiles para tener más que vender. En su ensayo “Ética, gobierno y administración pública”, José Chanes dice: “En la época colonial era común la venta de cargos públicos. Algunos retribuían el nombramiento con el pago del equivalente al sueldo de un año, era la anata; otros, con la mitad, la media anata, cuando correspondía el pago a seis meses. El que nombraba percibía, por ende, una compensación. Desde antaño, el tráfico de influencias, el nepotismo, el enriquecimiento ilícito, la utilización de información privilegiada en beneficio propio, la desatención de los asuntos sociales para atender los personales o favorecer a particulares, entre otras formas de corrupción, sentaron sus reales.” Afortunadamente, había ya entonces verdaderos patriotas comprometidos con la libertad y contrarios a estas prácticas deleznables como Simón Bolívar, que en 1813 firmó un decreto en el que estipulaba la pena de muerte para quienes fueran hallados culpables de corrupción en la primera República de Venezuela y en 1826 firmó otro que definía la corrupción como “la violación del interés público” y establecía la pena de muerte para “todo funcionario público culpable de robar diez pesos o más”, debiendo también “ser ajusticiados los jueces que no cumplan con el decreto”.

Ahora bien, la corrupción adopta diversas formas tales como el soborno, la malversación de bienes públicos, el tráfico de influencias, el nepotismo, la formulación de leyes en beneficios particulares, las estafas financieras, los endeudamientos fraudulentos, el lavado de divisas y otras que todos conocemos o al menos hemos leído tantas veces y a lo largo de diferentes gobiernos en lo que parece el cuento del gran bonete. Pero, ¿por qué es importante saber qué es y cómo afecta la corrupción? Básicamente porque al ser patrimonio de los poderosos, al costo lo terminan pagando quienes menos tienen, con lo que se acrecienta aún más la brecha entre pobres y ricos. Es que, en definitiva, no es corrupto quien quiere sino quien puede. La corrupción es patrimonio del poder, y éste, siempre está en pocas manos.

La corrupción, como es fácil apreciar, es un fenómeno histórico y sus efectos son devastadores; existen muchísimas formas de definirla o describirla pero me parece simple y contundente decir que existe corrupción cuando una persona, ilícitamente, pone sus intereses personales por sobre los de las personas e ideales que está comprometido a servir; el abuso de un cargo, del poder y de los recursos públicos para la obtención de un beneficio personal. Cartier-Bresson es terminante cuando dice: “se establece que habrá corrupción cuando alguien tiene un poder monopólico sobre un bien o servicio, posee la discrecionalidad de decidir a quién apunta y en qué medida, favorecido por la falta de transparencia ante la ausencia de controles sobre las acciones del sujeto en cuestión”.

Las consecuencias de un sistema político corrupto es que se deslegitima a sí mismo, se destruye el profesionalismo (al reemplazarlo por el amiguismo o el nepotismo), el interés por el soborno reemplaza el criterio profesional, segrega y desanima a las personas honestas y, fundamentalmente, no hay previsibilidad sobre el futuro. “La hipercorrupción —afirma M. Wainstein— no sólo es un problema moral y jurídico, sino que constituye la peor patología de una organización”. Para evitar esto no se necesitan nuevas leyes sino aplicar las ya existentes, es decir, terminar con la impunidad, sin la cual no existiría o al menos sería menos fácil ser corrupto.

Max Weber distinguió entre los políticos que viven para la política y los que viven de la política, tomemos conciencia de que el verdadero poder está en nuestras manos. En nuestro voto. En nuestra capacidad para no comprar, como desde hace 500 años, más espejitos de colores.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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