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Platón 2.0 o la caverna en pixeles

Desde el principio de los tiempos se condenaba a dos tipos de muerte posible: una de ellas, la más temida, era el exilio. No existía, por aquel entonces, el inxilio.

Los primeros exiliados, Adán y Eva, crearon –memoria mediante- la imagen del paraíso perdido. Todo lo que no puede reconstruirse sino a través de la memoria (palabra que en la Biblia aparece mencionada 179 veces) se transforma en ficción, en símbolo, en metáfora. Y es que partir al exilio no es otra cosa que un lento partir hacia la muerte. Este primer exilio es de orden divino y, por lo tanto, atemporal; de allí en adelante serán de orden temporal, decretado por hombres contra hombres. Es el exilio histórico. El que condena a la separación del espacio geográfico propio, de lo familiar, de lo conocido, de lo cotidiano.

Como contracara del exilio, el inxilio o insilio implica sentirse un extranjero en nuestro propio país. Ajeno a nuestro propio lugar. Insilio se relaciona con la no pertenencia, el encierro, la vulneración de derechos o la enajenación. Al no lugar.

“Las casusas que llevan al insiliado a sentirse como se siente –escribe Susana Casales- pueden ser sociales, económicas o políticas. No se trata de razones individuales o que derivan de un proceso psicológico personal, sino que funciona de manera inversa, desde lo exterior hacia lo interior: el insiliado deja de sentirse respetado e integrado en el país donde vive y, como consecuencia, se produce el proceso personal de aislamiento y angustia. De aislamiento, porque debe callar socialmente lo que piensa y siente, y de angustia porque ese diálogo que calla hacia afuera, en su interior no cesa.”

En definitiva, el insilio (palabra que formalmente no existe, es bueno aclararlo) es lo contrario al exilio; es decir, una forma de irse sin moverse del lugar en que ese está, o bien, de quedarse sin estar en realidad.

Hoy vemos, no sin estupor y cada vez con mayor desconcierto, a nuestro espejo del futuro cercano –el hemisferio norte- volviendo una y otra vez a toques de queda, restricciones horarias y el final de la pandemia, que se adivinaba tan cercano con tantas vacunas ya en marcha, se vislumbra, cuanto menos, incierto.

La pandemia del coronavirus ha traído consigo mucho más que nuevos significados a situaciones que habíamos invisibilizado tanto por su cotidianeidad como por la urgencia de lo efímero, no solo resignificó el aislamiento sino que los vínculos cotidianos cobraron otra dimensión; el contacto cara a cara se reconfiguró a través de la virtualidad y nuevos soportes y herramientas comunicacionales cambiaron nuestra forma de trabajar, de estudiar, de aprender, de enseñar, de conocernos, de decirnos adiós.

El nuevo mundo de la pandemia se dividió en tres; por un lado, los confinados, los que observan el mundo a través de las pantallas de diferente tamaño; por el otro, los que, invisibles desde lo físico pero omnipresentes, mueven el mundo; nos permiten abrir la canilla y que fluya agua, que la basura desaparezca casi mágicamente de los cestos cada noche, que haya energía, que las góndolas de los supermercados estén bien provistas y haya siempre alguien detrás de una máscara con la marca del establecimiento cubriéndole la cara cobrándonos la mercadería. Y, finalmente, hay otro mundo más. Tan ajeno a los otros dos que de a ratos ni siquiera se menciona. El mundo de los excluidos. De los que no mantienen el mundo en movimiento ni los que observan –activa o pasivamente- cómo el mundo se mueve. Y sin embargo están ahí, silenciosos y padecientes. Compartiendo solo el factor común del miedo. Miedo al contagio y a la muerte, miedo a la soledad de una internación, miedo al contacto con desconocidos vestidos de blanco, cubiertos de pies a cabeza y con el cansancio, la angustia y su propio miedo a cuestas que los bañan, los cuidan e intentan exorcizar las angustias mientras los llenan de cables y de tubos transparentes en blancas salas que no duermen.

Históricamente, el encierro ha sido la imagen social del castigo. Qué mayor castigo que el aislamiento físico, la muerte social, el ostracismo. Sin embargo, hoy el mundo ve con incredulidad la presencia incomprensible del encierro voluntario. Pero cierto encierro parece haberse resignificado no como destierro interior –como un inxilio- sino como aburrimiento. Aburrimiento en una cultura consumista, insaciable y voraz. Cultura adoradora de objetos y no de momentos, de ruidos ensordecedores y no de silencios, de slogans vacíos y frases muertas. Aburrimiento que se enlaza con sufrimiento y no así con la posibilidad de desplegar la imaginación y la creación, como refiere Oyarzun.

En las antípodas, la pobreza extrema, en donde a la emergencia sanitaria se le suman otras emergencias, ver que no se venga abajo una pared o un techo de chapa, ver si hay qué comer o si funciona alguna olla popular, si podrá sacar una muela que duele algún dentista en el hospital o si todo el hospital está también en emergencia.

Estamos aislados. Nuestras fronteras son nuestro hogar y nuestro cuerpo. No podemos tocarnos, palparnos, sentirnos ni sentarnos al lado de nadie; sea quien sea, tiene que estar a dos metros de distancia. Usamos tapabocas, guantes, nos lavamos las manos y lavamos todo objeto que llevamos a nuestras casas. El otro puede ser peligroso. El otro contagia. No queremos que nadie se acerque y al mismo tiempo ansiamos el abrazo, vaya paradoja.

El vértigo que marcaba el ritmo de nuestras vidas se detuvo bruscamente, nos aisló y nos obligó a enfrentar nuestros propios fantasmas. Nos empujó a un inxilio al que ni siquiera imaginábamos y ahora estamos allí, como en la caverna de la que hablaba Platón, mirando las siluetas y las sombras del mundo a través de las pantallas y los pixeles; cuando finalmente –en un mes, un año, ¿quién puede saberlo?- termine esta pandemia, ¿nos atreveremos a salir de la caverna? ¿A regresar de nuestro inxilio?

*Escritor, médico y concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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