Opinion | Gualeguaychú | Luis Castillo

¿Por qué las mujeres pierden la cabeza?

Más allá de a quién se escoja para elogiar o vilipendiar a través de la memoria, toda elección de este tipo siempre estará sesgada por la omnipresente mirada del poder.

La historia, las historias, las narraciones, la épica, las cucardas del héroe y la heroína o las abyecciones del traidor o la traidora llevan en su origen —qué duda cabe— la delicada selección que provee el marco epistémico del relato. El sustento y la justificación tanto de un status quo como de la lógica de su continuidad. Por eso es tan cierto aquello de que a la historia la escriben los que ganan, ya que escribir la historia no es sino crear una memoria colectiva que haga suyo y viva como propio lo aprendido.

Ahora bien, los lugares deben ser ocupados. La historia no tolera hiatos que puedan generar dudas y, por lo tanto, debe seleccionarse cada actor y cada actriz para cada papel. Principales y secundarios. Todos son importantes a la hora de estas construcciones narrativas. Más aun cuando de revoluciones se trata, donde se escoge cuidadosamente a quien se recuerda y a quien se oculta.

Mencionar la revolución francesa nos genera una serie inequívoca de imágenes entre las que podemos destacar el glorioso icono del agitar de las banderas de la república gritando al mundo (que apenas era París en ese momento): libertad, igualdad, fraternidad. Y, frente a esa exaltación de la vida, su contracara: la guillotina. Que al fin y al cabo una revolución que no cortara cabezas qué clase de revolución sería, ¿no? Cestos llenos de horrorosas mutilaciones salían del patíbulo ante los desaforados gritos de una multitud que veía cambiar el orden mundial frente a sus ojos. Condes, marqueses, la nobleza toda dejaba su sangre y sus ahora inútiles títulos nobiliarios a merced del filo de una máquina creada exclusivamente para eso. Y entre tantas cabezas anónimas hay una que resalta en la memoria colectiva: María Antonieta.

María Antonia se casó a los catorce años con el entonces futuro rey Luis XVI de Francia; la historia popular le atribuye –falsamente, según aseguran estudiosos de fuste— la anécdota producida poco antes de desatarse la Revolución; en ese momento se difundió una frase que habría pronunciado tras preguntar a uno de sus súbditos por qué gritaba la gente en las puertas de palacio. Es que no tienen pan, le respondieron. Y ella alegó altanera: “Que coman pasteles, entonces”.

Lo importante, en mi opinión, fue la sensación que quedó en cuanto a lo justo y justiciero del hecho de que perdiera la cabeza por noble, por soberbia…y por mujer. ¿Por qué digo esto? Porque no creo que haya sido casual qué estereotipo de mujer se entregó a la memoria colectiva para asociarla con la revolución, con la frivolidad, con la guillotina y con la muerte.

Pero a la historia le gustan los contrastes. En 1748, en Montauban, un pequeño pueblo en el suroeste de Francia, nació una niña con el nombre de Marie Gouze. La casaron, tal como se estilaba entre las familias burguesas, muy joven aun con un hombre que la triplicaba en edad y el que murió poco después de dejarla con un hijo a cargo. Se trasladó a Paris en 1770; cambió de nombre, de vida y de horizontes. Así nació Olympe de Gouges. Aunque carecía de educación formal avanzada, comenzó a escribir —básicamente obras de teatro— en donde dejó traslucir su ímpetu por cambiar una sociedad injusta y opresora. Comenzó a escribir artículos, manifiestos y discursos cada vez más encendidos en contra de la esclavitud y a favor de los derechos de la mujer.No satisfecha con defender el derecho a la libertad de los esclavos negros, se atrevió a sostener y argumentar con inaudita solidez la igualdad entre el hombre y la mujer en todos los aspectos, tanto en la vida pública como privada, incluyendo –¡válgame Dios, que estamos en 1789!—, el derecho al voto, el libre acceso al trabajo público, el derecho no solo a poder hablar en público de temas políticos sino acceder a la vida política, a poseer propiedades, a formar parte del ejército y, por si todo esto fuera poco, el derecho a la educación. Definitivamente, una mujer peligrosa.

No es casual el paralelismo que estamos haciendo ya que ambas mujeres se conocieron. Olympe logró llegar hasta la reina María Antonieta y trató de convencerla de que protegiera "su sexo " (la palabra feminismo no existía aun) y se atrevió a hablarle de la importancia para la mujer de lograr la supresión del matrimonio y la instauración del divorcio, la idea de un contrato anual renovable firmado entre concubinos y el reconocimiento paterno de los niños nacidos fuera de matrimonio, ya que los bastardos se podían contar por cientos. Pero para la reina que pasaría a la historia lo importante eran los zapatos y las pelucas, los bailes en palacio y las alhajas.

Producto de la revolución del 14 de julio de 1789, la Asamblea Nacional recién formada proclama la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, primer paso hacia la Constitución y la República. A mediados de 1791, Olympe de Gouges escribe la: “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” en donde puede leerse en su Preámbulo: “Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos” ; Artículo 1⁰: “La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos”; Artículo 6⁰: “La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes”; Artículo 15⁰: “La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público”;Epílogo: “¡Mujer, despierta!; el arrebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos (…) ¡Oh, mujeres!, ¡mujeres!, ¿cuándo dejaréis de estar ciegas?, ¿qué ventajas habéis obtenido de la revolución?: un desprecio más marcado, un desdén más visible. […] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.”

Dejo para el final el Artículo 10⁰: “la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna”. A ella le tocó lo primero, el 3 de noviembre de 1793, la guillotina cortó su cabeza. Sus ideas, como está claro, y su memoria, están más vivas que nunca.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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