TRABAJO VS OCIO
Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo…
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Quiero decir, con toda seriedad -escribió Bertrand Rusell- que en el mundo moderno se está causando mucho daño al creer en la virtud del trabajo, y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad radica en una disminución organizada del trabajo.
Por Luis Castillo*
Hoy es domingo y, como tal, alguna gente privilegiada puede dedicar este día al ocio. Es que, aunque parezca mentira, una de las situaciones no solamente más necesarias sino además importantes desde el Homo erectus en adelante, es el ocio. El “dolce far niente”. O, parafraseando a Andrew Smart diría: el arte y la ciencia de no hacer nada. Comenzamos esta nota citando una frase del ya clásico ensayo de B. Rusell “En alabanza de la ociosidad”, un escrito que data de 1932 y en donde con un tono ácido y sarcástico, pero no exento de gran profundidad, el pensador nos invita a reflexionar acerca de la cultura del trabajo en relación con lo que a todos se nos mencionó alguna vez como “la madre de todos los vicios, la pereza. La haraganería. El ocio.
Repasemos un poco la historia ya que, hoy, por ser domingo, podemos dedicar unos minutos a leer y recordar (aprender es recordar decía Aristóteles por eso es por lo que me sonaría presuntuoso hablar de enseñar al escribir estas palabras solamente dictadas por el recuerdo de mis lecturas) nuestra evolución como trabajadores del cuerpo y de la mente. Nuestros ancestros homínidos, se dice, solo trabajaban unas veinte horas semanales, tiempo que les llevaba colectar comida y otros elementos necesarios para su supervivencia. No precisaban de mucho más que eso y, por lo tanto, hacían lo que debían hacer para sobrevivir y después…nada. El resultado de eso fue sin dudas, la evolución. Se me ocurre imaginar una reunión de neandertales sentados dentro de una cueva asando una patita de mamut y uno de ellos planteándole al resto algo así como: che, muchachos, si en vez de cazar un solo mamut cazamos dos juntos podemos tener tiempo para estar acá pintando las paredes de las cuevas y no tenemos que salir a cada rato. Algo así como optimizar el tiempo, el esfuerzo y el trabajo. Tener más tiempo no para hacer más cosas sino menos. Vaya lógica, ¿no?
Relata Homero en La Odisea que, en el viaje de regreso de Ulises a su hogar en Ítaca, pasaron por un sitio que era conocido entre los navegantes como “la tierra de los lotófagos”; los lotófagos (comedores de loto) eran una tribu que se pasaba el día echada sin hacer nada y comiendo lotos. Según se decía, además esta gente disfrutaba de no hacer otra cosa que eso. Ulises envió algunos hombres a buscar alimentos y se alarmó al enterarse de que estos no querían regresar “embrujados” por esa forma de vida. Ulises envió por ellos, los amarró a la nave y advirtió a la tripulación que si probaban de aquella droga nunca podrían abandonar la isla y por lo tanto ordenó zarpar cuanto antes y sus hombres “ocuparon su lugar y los remos azotaron el gris mar” narra el ciego poeta.
Más acá en el tiempo, en la China de Confucio, el ocio formaba parte de esta cultura milenaria, los caballeros se dejaban crecer las uñas de las manos en forma exagerada como una demostración de que no trabajaban con ellas sino con la cabeza, y es que el confucionismo despreciaba el trabajo duro y propugnaba el ocio y la meditación. El Taoísmo tiene su principio fundamental en el wu-wei, el no esfuerzo para el cual una persona iluminada en el terreno intelectual debe utilizar el gasto mínimo de energía. Recordemos de Sun Tzu en “El arte de la guerra” sostenía que un buen general obliga al enemigo a agotarse y aguarda la oportunidad para atacar utilizando el menor esfuerzo posible hasta ese entonces. Todo lo opuesto a la visión occidental, desde luego. Como todos sabemos, el hecho de que los productos chinos hoy invadan el planeta no se debe a que estén todo el día meditando precisamente.
Ya entrado el siglo XV los conquistadores Europeos salían a apropiarse del mundo y horrorizarse de que tanto en África como como en la recién descubierta (para ellos) América, los nativos lo único que hacían era holgazanear y comer frutas que caían de los árboles como un maná pagano. Recordemos que, en el siglo XVI, Lutero observaba como, producto de la masiva urbanización y crecimiento poblacional, en las grandes ciudades como Venecia, Ámsterdam o Londres, la pobreza se multiplicaba junto con el desempleo y el hacinamiento, todo esto, según su visión, debido a esos “holgazanes indolentes” que arrastraban el pecado de la pereza y para quienes solo el trabajo duro podría purificar ya que el trabajo es el único modo de servir a Dios. No es casual que tanto él como Calvino alentaban el trabajo forzoso de los desocupados a fin de “mantenerlos en la senda de la vida justa”.
La llegada de los puritanos a la tierra prometida de Estados Unidos llevó consigo esta convicción del ocio como asociado a los vicios, la promiscuidad y todos los males del hombre. El siglo XIX fue testigo del crecimiento de la economía industrial global y entonces las personas pasaron a ser parte de un maravilloso mecanismo de relojería, engranajes perfectos de una máquina llamada fábrica y que tan maravillosamente describiera Charles Chaplin en su obra maestra “Tiempos modernos” en una recreación tragicómica del Taylorismo, esa invención de Frederick Taylor y su administración científica del trabajo. Taylor buscaba incrementar la eficacia productiva midiendo los tiempos y los movimientos adecuados para cada tarea y generar así obreros especializados bajo una técnica “científica y estandarizada” para llevar a cabo cada uno de los roles a cumplir en la compleja maquinaria industrial. No es casual, creo yo, que por esa misma época el escritor Karel Capek creó un “personaje” literario, un obrero deshumanizado física y espiritualmente que solo cumple con su rol específico, mecánico y repetitivo; la palabra obrero, en idioma checo significa “robot”. Es decir, Capek no creó una palabra sino un concepto.
Lenin fue muy crítico del taylorismo y se refirió a este como “es la última palabra en explotación capitalista. Es fácil comprender por qué el sistema se enfrenta a un odio y una protesta tan intensos por parte de los trabajadores”; ¿es necesario recordar que Lenin adoptó las bases fundacionales del taylorismo para implementarlas en las fábricas de la Unión Soviética?
El escritor checo Rainer María Rilke afirmó a principios del siglo XX, en relación con la creación, tanto de obras maestras como tecnológicas que: “son las ultimas reverberaciones de un vasto movimiento que se produce en nuestro interior en los días de ocio”; claro, él no podía saber cuánta certeza tenían esa palabras porque desconocía lo que hoy la neurociencia denomina RSN o red de estado de reposo. Se trata de una red neuronal que se activa cuando no hacemos nada. Cuando nos abstraemos del mundo exterior, la RSN comienza a funcionar y entonces podemos empezar a comprender cómo fue que Newton imaginó la Ley de Gravedad mientras descansaba en el banco de una plaza (debajo del manzanero, ¿se acuerda?) o Arquímedes, ese griego haragán a quien, mientras se bañaba 200 años antes de Cristo, se le ocurrió el Principio que lleva su nombre. Una pavada. Se le ocurrió, jabón en mano, la relación entre el volumen de un cuerpo sumergido y la fuerza de flotación que este experimenta ya que, como todos recordamos por haberlo visto en la secundaria: “todo cuerpo sumergido dentro de un fluido experimenta una fuerza ascendente llamada empuje, equivalente al peso del fluido desalojado por el cuerpo”, lo cual explica desde por qué podemos nadar hasta por qué la madera flota y el hierro se hunde, entre otras cosas.
Hace 1.8 millones de años nació lo que podríamos llamar los primeros rasgos de conformación de una cultura, la cual se consolidó algunos miles de años después con la aparición del lenguaje; sin embargo, hace apenas unos 5000 años que apareció la escritura, por eso, para nuestro cerebro, es más fácil aprender a hablar que a leer, hay miles de años de evolución en el camino. De ahí que, como afirma el neurocientífico Torkel Krinberg “un cerebro de la edad de piedra debe hacer frente a la Era de la información” es decir que, en cierto modo, nuestro cerebro nos quedó chico para asimilar tanta información y procesarla adecuadamente. De allí tanto agotamiento, estrés y desesperanza. Es decir, pareciera que no nos da la cabeza para asimilar tanto futuro en el presente. Excepto a los más jóvenes, claro, que son quienes, hoy por hoy, se niegan a trabajar del modo en que nosotros aprendimos a hacerlo. ¿Haraganes? Claro que no, son distintos. Afortunadamente distintos. Quién sabe si no serán capaces, entre otras cosas, de cambiar la enseñanza que nos dejó el cuento de los tres cerditos.
*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos.

