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¿Qué hacemos con las putas?

En Babilonia nació la civilización. 2000 años antes de Cristo inventaron el sistema sexagesimal que creó un minuto de 60 segundos, una hora de 60 minutos y un círculo de 360 grados, inventaron la escritura y dividieron la semana en 7 días. También allí nació la prostitución.

Desde el principio de los tiempos, una de las formas de encubrir actos infames fue dándoles un matiz sagrado. Así como para satisfacer a los dioses se realizaban cruentos sacrificios humanos, la utilización de los cuerpos con fines sexuales no escapó a la norma. La diosa Ishtar, según narra el historiador Heródoto (484-425), albergaba en su templo cientos de mujeres que debían “yacer con algún desconocido al menos una vez en la vida (…) Por ello, la mujer sigue al primer hombre que paga y no rechaza a nadie. Después de haber tenido sexo, quedando libre de su sagrada labor para con la diosa, la mujer vuelve a su casa”. En la bíblica Israel la prostitución era común, a pesar de estar expresamente prohibida por la ley judía, tal como queda claro en la historia de Judá y Tamar, que puede leerse en el Génesis 38 de cualquier Biblia.

Los romanos, por su parte, a las prostitutas las llamaban porne y los meses de abril estaban dedicados al desenfreno absoluto (por ejemplo el día 25 era el elegido para la prostitución homosexual masculina, el 27 la fiesta incluía bailes eróticos y exhibiciones de desnudez por doquier); en la gloriosa Atenas, uno de los 7 sabios de Grecia ―Solón―, abrió el primer y más grande prostíbulo de la isla, con bellezas casi niñas y delicados jovencitos.

De este lado del mundo, los aztecas rendían culto a Xochipilli, patrón de los homosexuales y la prostitución homosexual y los Incas vestían jóvenes homosexuales (o no, quién sabe) con ropas femeninas y los obligaban a tener sexo con caciques y sacerdotes durante festividades religiosas.

En 1929, Argentina tenía alrededor de 9 millones de habitantes; debido a la gran inmigración, esta población estaba formada en un 70% por hombres, de los cuales otro 70% eran solteros y jóvenes; calcúlese que en 1876, con solo un millón y medio de habitantes, había 35 prostíbulos autorizados, en donde trabajaban unas 200 mujeres solo en Buenos Aires, por lo tanto el comienzo del nuevo siglo se presentaba venturoso para la explotación y trata de mujeres. Así, en 1906 bajo el nombre de “Sociedad de socorros mutuos” la organización Zwi Migdal traía mujeres desde Europa del este para su gigantesca red de prostitución con la policía de turno haciendo la vista gorda.

Cuando se logró desarticular esta red se comenzó a legislar. El 17 de diciembre de 1936 se sancionó la Ley de profilaxis N⁰12331, también conocida como la del “cierre de los prostíbulos”. “La prostitución como actividad por elección personal no está prohibida; sí lo están los prostíbulos en todas sus formas”, sentenciaba la ley.

A partir de allí quedó claro que ejercer la prostitución no era delito sino una actividad lícita, siempre y cuando no se realizara en forma “escandalosa” y no afectara “el pudor público” en cuyo caso pasaría a ser tipificado como contravención. Para el actual Código Penal, la prostitución es una actividad lícita, siempre y cuando no haya trata ni explotación de personas y se ejerza voluntariamente. Lo que se busca con esta normativa es dividir aquienes desean difundir sus servicios sexuales por voluntad propia y quienes lucran con la actividad de terceros.

Esta problemática viene planteándose alrededor del mundo desde hace varios años ya; entre las posturas con mayor apoyo se encuentra la de Nueva Zelanda, donde se sancionó en 2003 la “Ley de reforma de la prostitución” para la cual cualquier persona mayor de 18 años puede vender servicios sexuales, tanto en la calle como en prostíbulos; sus derechos están garantizados a través de la legislación laboral y de derechos humanos.

En nuestro país desde hace algún tiempo trabaja en este sentido la AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina), quienes refieren que su lucha apunta a lograr que el Estado garantice los derechos humanos y laborales de las Trabajadoras Sexuales en la Argentina, buscan separar el trabajo sexual de la trata de personas y el proxenetismo a través de un registro de habilitaciones y carnet profesional. Lo más dificultoso, quizás, es que pueda verse a la prostitución como un trabajo. Y que esté libre de explotadores.

¿Se elige trabajar como prostituta o prostituto? Se preguntará alguien. ¿Habrá quien elige trabajar ofreciendo su cuerpo teniendo otras opciones? Pregunto yo. ¿Todos tenemos opciones? ¿Y si fuera esta una elección? ¿Sueña los mismos sueños quien ofrece subrepticiamente sus servicios desde un programa de televisión que quien soporta estoicamente las heladas en una esquina cualquiera?

Antes, a las putas se las disfrazaba de divinidades útiles; por ahora y, hasta que veamos cómo pagar por usar cuerpos sin culpa, qué hacemos, ¿hablamos de esto o seguimos haciendo de cuenta que no existen? En definitiva, mientras definimos si es un trabajo o no, si son personas libres o de algún modo esclavizadas, si hay que perseguirlas y encarcelarlas, humillarlas y denigrarlas; o respetarlas como lo que son, seres humanos; mientras resolvemos todas estas dudas, ¿qué hacemos con las putas?

*Médico y Concejal de “Gualeguaychú Entre Todos”

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